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Medir el impacto social de la ciencia y la tecnología: ¿viable o utópico? Por Francisco M. Solís Cabrera

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Secretario del Plan Andaluz de Investigación, Desarrollo e Innovación Consejería de Economía, Innovación y Ciencia.

Considerar y fortalecer el trabajo en la medición de los posibles impactos de la ciencia en la sociedad, está siendo considerado una línea de desarrollo estratégica en el campo de la evaluación de la ciencia y la tecnología, siendo así incluido como parte de las líneas de investigación prioritarias en los últimos programas marcos de la Unión Europea. (1, 2) Su prioridad estratégica se asocia, en lo fundamental, con la necesidad de garantizar una distribución adecuada de los recursos en función de las líneas de I+D e innovación que realmente tengan una utilidad comprobada en el entorno social en cualesquiera de sus dimensiones. Esta dirección de los procesos de evaluación se asume como consecuencia lógica de la propia expansión y orientación de la ciencia y la tecnología hacia el beneficio social. La evaluación debe orientarse, por tanto, al desarrollo de nuevos indicadores y metodologías que permitan avanzar en el conocimiento de la medida en que estas promesas se cumplan. Desde una óptica metodológica, la definición de impacto social de la ciencia y la tecnología se focaliza hacia el modo de obtener mecanismos para la anticipación de resultados sociales a la hora de la toma de decisiones, y un conjunto de indicadores que justifiquen resultados globales de determinadas políticas en términos de su utilidad social. (3)

Sobre esta base caben interrogantes que los responsables políticos deberían hacerse: ¿Cuál es la utilidad real (social, económica, cultural, medio ambiental) de la ciencia y la innovación?; ¿La ciencia y la tecnología están atendiendo las necesidades más urgentes de la sociedad?; ¿Es viable determinar la incidencia de la producción y difusión de nuevos conocimientos en los procesos sociales? No obstante la relevancia del tema en la actualidad, su tratamiento por parte de los organismos a nivel internacional así como el propio abordaje por parte de la comunidad científica, pudiera catalogarse como modesto. Y es que el impacto social denota un campo aún en formación, que adolece de metodologías lo suficientemente consolidadas para su medición.

Con respecto a los indicadores, las principales propuestas se orientan —manteniendo aún el protagonismo de los indicadores de insumo— a la elaboración de estadísticas en esta misma dirección y con vista a permitir la realización de comparaciones a nivel de países y regiones. Prima en este sentido, el enfoque de impacto económico e impacto sobre la ciencia través de los análisis de citas e indicadores relacionados con oferta y demanda científico - tecnológico. Por otro lado, se han desarrollado modelos como el Modelo Payback para el sector de la salud, con un número de variables e indicadores, pero aún con limitaciones visibles no siendo del todo representativo de la realidad social que intenta evaluar. Otros indicadores a nivel local e institucional se han diseñado, fundamentalmente en torno a la evaluación de los impactos sociales desde el enfoque de la tecnología y la gestión de proyectos. Este enfoque aunque es válido, exige un tratamiento cauteloso a la hora de desarrollar metodologías, porque podría limitar la idea fundamental entorno a impactos sociales: la apropiación social del conocimiento.

Sobre esta base, el diseño de indicadores referidos a la dimensión social de la ciencia, debe tener como máxima captar en qué medida el conocimiento se permea en la sociedad y está se apropia de él. Esta mirada sobre la base de la dimensión social del conocimiento, por tanto aún una mirada subjetiva e intangible- demanda la necesidad de intentar buscar elementos operativos con el fin de poder desarrollar metodologías adecuadas e instrumentos de medición.

Se vuelve una tarea compleja si partimos de la base de la dificultad de estructurar y cuantificar las variables recogidas en fuentes no convencionales como las derivadas de la “redes sociales”, los medios públicos de difusión, las guías clínicas, o simplemente las relaciones no visibles que se dan entre los investigadores y otros agentes sociales a diferentes niveles en la sociedad. En este sentido, la medición de las posibles interacciones que se producen con los stakeholders, a partir de las cuales construir modelos de tipo social que permitan medir repercusiones sociales de un investigador o grupos de investigación, pudiera ser una alternativa loable.

Varios proyectos ya han iniciado y apuestan por el desarrollo y puesto en práctica de iniciativas que permitirían hacer de esta medición un hecho viable. Tal es el caso del proyecto SIAMPI financiado por el 7PM, que intenta medir el impacto social a través de las interacciones productivas entre la ciencia y la sociedad: i) contactos personales directos; ii) contactos que están mediados por resultados específicas (informes de expertos, instrucciones clínicas, avisos científicos, etc.); iii) transferencia de intereses (productos, prácticas sociales, herramientas) y financiación u otros mecanismos de soporte (gente, prácticas sociales, artefactos y ayudas). (5) Otro proyecto de reciente aprobación por el 7PM con fines similares es SISOB liderado por la Consejería de Economía, Innovación y Ciencia de la Junta de Andalucía, que intentará medir la apropiación social de conocimiento basándose en las relaciones sociales que se producen entre los miembros de las comunidades a diferentes niveles sociales, materializando la propuesta en el desarrollo de herramientas computacionales. (5)

En resumen, el impacto social de la ciencia y la tecnología es un tema aún en pleno desarrollo. Muchas interrogantes y líneas de desarrollo quedan abiertas. El tratamiento de las fuentes de información para el diseño de los indicadores, sus características, el propio orden lógico en las acciones para diseñar e implementar dichos indicadores, la manera en que los tomarán los consumidores finales, la posibilidad real o no de alcanzar los niveles de objetividad necesarios, los niveles de prioridad con respecto a los campos sociales, la integración de estas dimensiones en el "campo social", entre otros, constituyen cuestionamientos a considerar para el diseño un sistema de indicadores viable y objetivo con este propósito.

Referencias bibliográficas

(1) COMISIÓN EUROPEA (2010): Science in society, sinopsis de proyecto 2007-2008, Luxemburgo, Oficina de Publicaciones de la Unión Europea.

(2) COMISIÓN EUROPEA (2009): Challenging Futures of Science in Society, Luxemburgo, Oficina de Publicaciones de la Unión Europea.

(3) ALBORNOZ, M., ESTABANEZ, M. E., y ALFARAZ, C. (2005): “Alcances y limitaciones de la noción de Impacto Social e la Ciencia y la Tecnología”, Revista Iberoamericana CTS, nº 4, vol 2, Enero, pp. 73-95

(4) SIAMPI: Social Impact Assessment Methods for research and funding instruments through the study of Productive Interactions between science and society. Disponible en: http://www.mbs.ac.uk/research/innovation/siampi.aspx (7PM; 2009-2010)

(5) SISOB: Observatorio de la actividad investigadora en la sociedad. Disponible en: http://sisob.lcc.uma.es (7PM).


Universidades y acceso abierto: hora de tomar protagonismo Por Dominique Babini

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Coordinadora del Programa CLACSO Acceso Abierto y miembro del Proyecto Especial Comunicaciones Científicas y Acceso Abierto, Universidad de Buenos Aires (UBA), IIGG, Argentina.

¿Por qué los países y las instituciones deben pagar suscripciones a revistas científicas internacionales para acceder a los resultados de investigaciones que los mismos gobiernos e instituciones han financiado? Se trata de una contradicción señalada por Pablo Jacovkis en este mismo Foro CTS.

¿Por qué los investigadores que piden a las editoriales científicas internacionales que su artículo esté disponible gratis en Internet reciben como respuesta una factura (APC - Article Processing Charges) por publicar el artículo en “abierto”, a valores inaccesibles para presupuestos de proyectos de investigación en la mayoría de nuestros países?

En realidad, nuestra pregunta debería ir más atrás. Deberíamos cuestionarnos por qué las universidades, principales productoras de conocimientos científicos, han cedido hace décadas las comunicaciones científicas en manos de unas pocas editoriales comerciales internacionales que hoy manejan miles de revistas científicas, en un negocio con una ganancia mayor que las industrias más rentables. Y el dinero para pagar el acceso a esas revistas es dinero que sale de los presupuestos de investigación, desde donde se pagan también los sueldos de los autores que publican en esas revistas y los sueldos de los evaluadores de los artículos que se publican en esas revistas.

¿Por qué la misma comunidad científica internacional no puede organizarse para gestionar las comunicaciones académicas y la evaluación por pares, sin necesidad de tercerización de los servicios a las editoriales comerciales internacionales?

Hace poco se cumplieron 20 años de la Propuesta Subversiva de Stevan Harnad, investigador de ciencias cognitivas y acceso abierto en las universidades de Southampton, Gran Bretaña, y Québecà Montreal, Canadá. Esta propuesta invitaba a los investigadores a subir a Internet el texto completo de sus artículos publicados y ofrecerlos gratis al público. Un paso más a lo que venían haciendo los físicos, quienes desde 1991 subían sus artículos de investigación en arXiv, un repositorio digital temático en física, matemáticas y computación que hoy tiene cerca de un millón de textos completos y gratuitos. A inicios de los 2000 se acuñó el concepto “acceso abierto” para denominar este movimiento internacional hacia la liberalización del acceso a los resultados de investigaciones financiadas con fondos públicos, ofreciendo el acceso al texto completo y datos de investigación, gratis en Internet.

E Iberoamérica avanzó ofreciendo gratis en internet acceso a revistas científicas y académicas publicadas en la región (Alperín, Fischman y Willinsky, 2011; Babini, 2011), en portales de revistas como SciELO, Redalyc, Latindex, Dialent, e-revist@s y portales nacionales de revistas, constituyéndose en la región del mundo que más ha avanzado en el acceso abierto a su producción publicada en revistas de la misma región. Estas iniciativas contribuyen a multiplicar la circulación internacional de los conocimientos producidos en Iberoamérica.

Falta que aquella producción científica iberoamericana que se publica fuera de la región, en revistas internacionales, también se ofrezca en acceso abierto, pero no cobrándole al autor o a su institución por publicar en abierto, como pretenden ahora las editoriales comerciales internacionales y un 30% de las casi 10.000 revistas de acceso abierto registradas en el directorio DOAJ. Lo que debemos lograr en la comunidad científica es organizar la gestión de las comunicaciones académicas en forma no comercial, para que el conocimiento sea un bien público que pueda gestionarse como un bien común.

Las universidades están en condiciones tener mayor protagonismo en la construcción de un acceso abierto global cooperativo no comercial, sustentable e inclusivo. Pueden:

1) Desarrollar sus propios portales con las revistas que publica cada universidad. Ejemplo: los portales de revistas de la Universidad Nacional Autónoma de México, de la Universidad de Sao Paulo y de la Universidad de Chile ya tienen más de 100 revistas propias cada una, gestionadas en plataformas de software libre y gratuito OJS, que permite que esas revistas sean gestionadas en línea, accesibles gratuitamente en Internet y “cosechadas”, visibles y accesibles desde los buscadores comerciales y académicos.

2) En un trabajo en equipo entre biblioteca, área publicaciones, informática, y área académica de las universidades, crear repositorios digitales institucionales que reflejen la propia producción científica y académica de cada institución disponible gratis en texto completo. O sea: tesis, artículos de revistas, libros, informes de investigación, ponencias en congresos, multimedia, objetos de aprendizaje, datos de investigación. Estos contenidos se organizan en colecciones digitales en plataformas interoperables de software libre. Según OpenDOAR, son 420 los repositorios digitales en la región iberoamericana, y los de mayor presencia e impacto web se listan en Webometrics. Con los repositorios institucionales, las universidades están recuperando la capacidad de conocer, gestionar, difundir, brindar acceso abierto y preservar su propia producción. Respaldado en muchos casos por una política y un mandato institucional de acceso abierto que, idealmente, debe exigir el auto-archivo de la producción de la institución y sólo considerar, al momento de evaluar a los investigadores, aquella producción que está en el repositorio. Por ejemplo, la experiencia de la Universidad de Lieja, Bélgica, relatada por su rector, Bernard Rentier.

3) Participar activamente en los sistemas nacionales de repositorios de sus países para compartir experiencias, infraestructura y recursos, en redes de repositorios a nivel nacional y regional.

4) Impulsar una revisión del sistema actual de evaluación de la producción científica, acreditación universitaria y promoción de investigadores, donde se utilicen indicadores bibliométricos que pobremente reflejan la producción del Sur Global (Guédon, 2011; Beigel, 2013; Vessuri, Guédon y Cetto, 2013; Alperin, 2014; Rietti, 2010). Las universidades pueden aportar una revisión crítica de las actuales modalidades de evaluación y proponer metodologías que evalúen calidad, relevancia e impacto de las investigaciones, más que el prestigio de las revistas donde se publica, según las recomendaciones de la Declaración de San Francisco a la cual se puede adherir sumando una firma.

Si la comunidad científica quiere asegurar el sistema de comunicaciones en acceso abierto que mejor responda a sus necesidades, debe urgentemente adoptar el acceso abierto, y hacerlo en sus propios términos. Si espera hasta que el acceso abierto se consolide, probablemente tenga que aceptarlo en una modalidad menos favorable a sus necesidades (Poynder, 2014).

"La producción académica de nuestras universidades no puede estar subordinada a los intereses o vaivenes del mercado editorial. Son nuestras sociedades las que pagan el trabajo que realizan los académicos en América Latina, no las empresas o el sector privado. Todos (pertenezcan o no al mundo universitario) deben tener derecho a acceder gratuita y libremente a las producciones que las universidades y los centros de investigación realizan. No se trata de generosidad. Se trata de una obligación, de un compromiso mínimo con la defensa del espacio público. Simplemente, porque el conocimiento, en una sociedad democrática, debe ser un bien común"

(Pablo Gentili, Secretario Ejecutivo CLACSO)


Educación superior: estructura y superestructura. Por José Joaquín Brunner

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Profesor titular de la Universidad Diego Portales, Chile, y director de la Cátedra UNESCO sobre Políticas Comparadas de Educación Superior.

La educación superior o terciaria latinoamericana se mueve en dos velocidades. Por un lado, con cierta pesadez y sin grandes sorpresas en el plano estructural de la masificación del acceso, la diferenciación organizacional y la difusión del 'capitalismo académico' con sus rasgos inherentes de mercantilización, privatización y productivismo. Por el otro, con levedad alada y rápida en el plano superestructural de los discursos, las narrativas y la circulación de ideologías.

Se abre así una brecha entre ambos planos.

Abajo, por decir así, en la parte inferior del edificio, en el plano de la economía política realmente existente de los sistemas nacionales, las cosas se mueven parsimoniosamente al compás demográfico y cultural de la demanda y la oferta, de los recursos disponibles, del acceso y graduación de las sucesivas cohortes, de la lenta maduración de la profesión académica y de los planes estratégicos de desarrollo de las instituciones.

Por el contrario, arriba, en la cima de la construcción, en el plano de las políticas y del análisis y la polémica, de las representaciones y las ideologías, las cosas se mueven mucho más rápido, como suele ocurrir en la esfera de la circulación. Aquí las ideas y las cambiantes metáforas fluyen con mayor facilidad al ritmo de las corrientes de opinión y las escuelas de pensamiento.

Mientras abajo, en la base de los sistemas, hay unas tendencias similares y convergentes producto del isomorfismo que viene con la globalización y con los arreglos capitalistas de la producción y transmisión del conocimiento, arriba, en la cúspide de los sistemas, las políticas cambian con mayor rapidez igual que los discursos, el análisis y las polémicas. Mientras allá operan procesos encauzados por la path dependence que estudia la ciencia política anglosajona, con sus lentos ritmos y períodos de estabilidad, acá al contrario predominan los ciclos cortos propios de la agenda gubernamental, los flujos de información y comunicación y el intercambio de ideas y consignas en la esfera pública y la polémica académica.

¿Qué observamos en la parte inferior, en los cimientos del edificio?

Tasas de participación bruta de la población en la educación terciaria cada vez más altas, hasta alcanzar -por ejemplo en los países del Cono Sur- la fase del acceso universal, según la clásica distinción de Martin Trow. Por tanto, un mayor número de estudiantes con expectativas y demandas mucho más diversificadas respecto de estudios y credenciales. Más estudiantes también con menores dotaciones de capital económico, social, cultural y escolar, lo cual representa un grave desafío para las instituciones formativas.

Por el lado de estas últimas, una verdadera explosión de organizaciones de enseñanza superior de todo tipo. Más de 3500 universidades en la región latinoamericana, más de 6500 instituciones no-universitarias. Es una enorme y variopinta plataforma de instituciones, sin duda. Allí ingresan anualmente cientos de miles de estudiantes que buscan desarrollar sus capacidades, adquirir un capital humano, certificar ciertas habilidades y estudios y así alcanzar una mejor posición que sus padres en el mercado laboral y en los indicadores de ingreso, status y bienestar.

Todavía en este plano estructural, cabe observar que la masiva provisión del servicio de educación superior adopta en América Latina el carácter de un régimen mixto, público y privado, de provisión. De hecho, algo más de un 50% de la matrícula total de educación terciaria de la región -que supera los 25 millones de estudiantes- se halla en instituciones privadas y, de ésta, un poco más de 50% pertenece a instituciones con fines de lucro.

La mayoría de las tendencias y dinámicas estructurales recién descritas son compartidas, en mayor o menor medida, por el conjunto de los países latinoamericanos, con excepción de Cuba. A ese nivel de base, el edificio, como un gran portaaviones, navega lentamente en dirección a una mayor coordinación de los sistemas por los mercados, una relativa mercantilización del bien público educativo y un financiamiento de las instituciones que frecuentemente proviene de esquemas de costos compartidos entre el tesoro público (la renta nacional, el gasto fiscal) y los aportes que contribuyen los estudiantes, sus familias y otras instancias y fuentes privadas.

Mientras tanto, ¿qué ocurre en la parte superior, en la superestructura discursiva e ideológica?

Prima allí una cierta levedad de las políticas y los discursos que, en lo esencial, apenas parecen rozar las tendencias y dinámicas estructurales, sin lograr afectarlas en su curso de navegación. Se dice que el capitalismo académico estaría haciéndose cargo de los sistemas nacionales, al mismo tiempo que se critica a la política por poseer un sesgo neoliberal y, en consecuencia, favorable a los mercados, la eficiencia y el productivismo que amenazarían con condenar el alma mater al infierno de la performatividad. Es decir, se constata que el completo movimiento de la educación superior estaría enfilado hacia el cálculo de costos y beneficios, el balance de insumo/producto, las ratios de alumnos por profesor, el número de publicaciones de los investigadores registrados en la Web of Science o Scopus y la productividad óptimamente esperada para cada actividad.

Mientras la rotación de los signos aumenta de velocidad, las políticas se suceden y las ideologías sofistican los análisis críticos, abajo, por el contrario, en la base de los sistemas nacionales realmente existentes, las tendencias y dinámicas se mantienen relativamente estables, profundizando todos aquellos aspectos que los relatos declaran insoportables e intolerables.

¿Qué puede estar ocurriendo, entonces?

Por una parte, una relativa impotencia de las políticas que, al final del día, y cualquiera sea su origen -conservador o progresista-, parecieran estar sobredeterminadas por el peso incontrarrestarle del neoliberalismo (capitalismo académico) y envueltas en un manto de época, el posmodernismo. Son irónicas más que robustas, ambiguas, cambiantes, de tipo collage, con escaso relato y un fuerte énfasis en la performatividad.

Por otra parte, una verdadera fascinación -aun de los críticos- con esas políticas neoliberales cuyos efectos y ecos se descubren en todas las dimensiones de los sistemas y que, mientras se condenan, se exaltan a la vez por su aparente contundencia y potencia.

Curiosa paradoja, pues: los lentos movimientos de la base parecen llegar más lejos y sobrepasar en todo momento la velocidad interpretativa de las aladas ideas e ideologías. ¿O será más bien que no entendemos lo que ocurre en la base, no contamos con las adecuadas interpretaciones tampoco, y en consecuencia nos vemos llevados a polemizar con la realidad que somos incapaces de transformar?

José Joaquín Brunner


Innovación, equidad y desarrollo latinoamericano

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Mario Albornoz
Centro REDES, CONICET, Argentina

Resumen

La innovación está hoy en el centro de las políticas que los países de América Latina aplican para impulsar el desarrollo y la equidad. En este trabajo se afirma que hubo una traslación mimética de políticas e instrumentos creados en economías en las que existe una fuerte demanda de nuevos conocimientos a contextos económicos en los que tal demanda es muy escasa o nula y la sociedad tiene un amplio sector de su población con necesidades básicas insatisfechas. Se afirma que una consecuencia de ello es que fueron asimiladas a las tradicionales políticas de ciencia y tecnología fortaleciendo, paradójicamente, el viejo modelo lineal al que se denostaba. Se establece además la necesidad de revisar el concepto de innovación y sus consecuencias en el plano de la equidad. Se afirma que la dinámica de la innovación puede allanar el camino a la equidad social, pero para que ello sea posible probablemente se requieran nuevos desarrollos teóricos y marcos conceptuales.


Palabras clave

Innovación; desarrollo latinoamericano; modelo lineal; equidad social


Texto completo:

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Referencias

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Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)


Política Científica y Tecnológica Una visión desde América Latina por Mario Albornoz

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1. La ciencia en la agenda internacional

La importancia que se concede a las políticas para la ciencia, la tecnología y la innovación es creciente en los países industrializados. El indicador más claro de este fenómeno, más allá de la retórica, es el ritmo de aumento de la inversión en estas actividades durante las últimas décadas. Después de una transitoria meseta, producida fundamentalmente por un cierto receso de la I+D orientada a la defensa, las cifras han vuelto a mostrar valores en alza.

Muy distinto es el panorama actual de los países latinoamericanos, en donde la política científica, al igual que la política tecnológica y la de innovación, no logran trascender el plano de las intenciones declarativas y acompañan, en realidad, la suerte de otros indicadores que expresan el estancamiento –y aún el retroceso- de la región en su conjunto.

También los organismos internacionales se han hecho eco últimamente de la importancia del conocimiento científico y tecnológico. El Banco Mundial (1999) dedicó su informe anual de 1998/1999 al problema del conocimiento. Más recientemente, UNESCO convocó en Budapest la Conferencia Mundial de la Ciencia. Voy a referirme someramente a estas apelaciones, a las que considero en gran medida voluntaristas, para tratar de mostrar que se trata de un fenómeno recurrente que no alcanza a modificar las tendencias decrecientes de la implantación de la ciencia en los países en desarrollo.

2. De Viena a Budapest

La Conferencia de Budapest tiene muchos antecedentes que se remontan incluso a los años sesenta. Entre todos ellos, tomaré en cuenta, por su relación directa y por una suerte de simetría, tan sólo la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Ciencia, Tecnología y Desarrollo realizada en Viena veinte años antes.

Aquella Conferencia tuvo una gran repercusión ante la opinión pública. Los documentos que entonces se produjeron, vistos desde hoy, aparecen como un cúmulo de buenas intenciones. Sin embargo, su lectura muestra también que en aquella ocasión comenzó a hacerse explícito el enfrentamiento de perspectivas e intereses entre los países del tercer mundo (representados por el Grupo de los 77) y los países desarrollados.

En el documento final de la Conferencia de Viena se establecieron numerosas recomendaciones para que los países en desarrollo crearan y consolidaran sus sistemas científicos y tecnológicos. Se delineó también una política de cooperación internacional que fijaba el papel de los países desarrollados en el proceso de desenvolvimiento de la capacidad científica y tecnológica de los países en desarrollo.

¡Cómo no serían de utópicas aquellas recomendaciones si el documento afirmaba que las medidas que debían adoptar los países desarrollados debían tener por objeto “compartir el conocimiento y la experiencia para ampliar las opciones de los países del tercer mundo en orden a alcanzar sus metas de desarrollo definidas en el plano nacional!”. Sin embargo, también hay que reconocer que no todo era utopía y que la conferencia reprodujo las confrontaciones que la escena internacional registraba en otros planos.

El texto propuesto por el Grupo de los 77, por ejemplo, apuntaba a razones de hegemonía y dependencia para encuadrar la política científica:

“Es un hecho ampliamente reconocido que la estructura de las relaciones internacionales en materia de ciencia y tecnología es imperfecta y refleja profundas diferencias entre las naciones. Refleja una situación en que unos pocos países –en particular, ciertas empresas industriales con sede en esos países- asumen el dominio tecnológico y determinan la dirección y el desarrollo de la tecnología en sectores cruciales, dejando a la mayoría de los países en situación de crítica dependencia tecnológica, pese a sus vastos recursos humanos y materiales” (Naciones Unidas, 1979).

El texto agregaba, con sentido crítico:

“Las actuales estructuras internacionales de información son sumamente inadecuadas para los países en desarrollo. Además, debe tenerse en cuenta que el suministro de información no tiene el efecto automático de crear una demanda y que, a menos que se asegure una utilización adecuada de la información por los países en desarrollo, las estructuras internacionales de información cumplen una función escasamente útil” (Naciones Unidas, 1979).

También el entonces bloque socialista trataba de incluir sus prioridades políticas, cuando solicitaba que la declaración final reflejara:

“el vínculo existente entre la reestructuración de las relaciones económicas internacionales sobre una base justa y democrática y la lucha por lograr la paz, la distensión y el desarme, lo que proveerá una fructuosa cooperación internacional en distintas esferas; entre ellas, la ciencia y la tecnología…en beneficio de todos los pueblos del mundo” (Naciones Unidas, 1979).

Veinte años después, UNESCO convocó a la reciente Conferencia Mundial de la Ciencia. La Declaración destaca nuevamente la interdependencia de todas las naciones y postula el objetivo común de preservar los sistemas de sustentación de la vida en el planeta. Dicho sea de paso, hace una mención colateral a posibles efectos negativos de las ciencias naturales (las ciencias sociales, agradecidas).

En este sentido, el documento es moderadamente crítico, ya que si bien entona loas a los efectos benéficos de la ciencia, acepta que ésta también ha provocado impactos negativos, tales como la degradación del ambiente y el desarrollo de armas de tremendo poder destructivo.

Reclama, en consecuencia, un debate democrático vigoroso sobre la producción y aplicación del saber científico. Los esfuerzos –destaca- deben ser interdisciplinarios e involucrar inversiones públicas y privadas. Proclama la necesidad de establecer prioridades y vuelve con el tema de veinte años atrás, respecto a “compartir el saber”.

Sin embargo, contiene también una afirmación curiosa en un texto al que se podría considerar como “científico-céntrico”. Se trata de la afirmación de que “los beneficios derivados de la ciencia están desigualmente distribuidos a causa de las asimetrías”. En un texto redactado mayoritariamente por científicos, las afirmaciones que implican relaciones causales no deben ser menospreciadas. Una buena lectura de la frase pone de manifiesto que ésta equivale a reconocer que la ciencia está implicada en las relaciones de poder.

La Declaración final de la Conferencia, en una frase que parece intercalada por algún fantasma superviviente del Grupo de los 77, parece querer decirnos que para lograr una distribución equitativa de los beneficios de la ciencia es preciso eliminar primero las causas: es decir las asimetrías. La posición contraria sería ajena a esta lógica. La idea de utilizar la ciencia para resolver las asimetrías aparece así como un voluntarismo.

No se trata de un fenómeno que no haya sido señalado antes. Ya en 1932 esto fue advertido por Horkheimer: si la ciencia se ha convertido en una fuerza de producción, entonces reproduce la estructura social. Se convierte en un instrumento que hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Finalmente, en la realidad prevalece el “efecto Mateo”: Dios le da más al que más tiene.

La ciencia moderna es inseparable de la política porque, en última instancia, es un instrumento de poder y porque más recientemente se ha convertido en uno de los ejes sobre los que se transforma la estructura social. Esto ha sido enfatizado desde diferentes ópticas por muchos autores, entre los que me permito citar a Bruno Latour, Daniel Bell, y Derek de Solla Price.

En los hechos, el surgimiento de la política científica contemporánea está directamente vinculado con la guerra. El documento al que se considera como acta fundacional de la política científica (“Science, the Endless Frontier”, de Vannevar Bush) fue escrito en respuesta a un requerimiento del Presidente Roosevelt, quien deseaba saber cómo podían los Estados Unidos valerse de la ciencia para ganar las batallas de la paz, del mismo modo en que lo habían hecho para ganar la segunda guerra mundial. El desarrollo de la física alemana, personificada en Heisemberg, es inseparable del esfuerzo realizado para llegar primero a disponer de la bomba atómica.

En 1941, en plena guerra, la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia organizó una Conferencia Internacional bajo el tema “La Ciencia en el Orden Mundial”. En ella, el Ministro de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña, Anthony Eden dijo que el gobierno debía llamar a los hombres de ciencia para que ayudaran en la causa por la que luchaban y que los necesitaría aún más en la causa por la que trabajarían en la paz. Como se ve, un discurso idéntico al del diálogo Roosevelt – Bush (British Association, 1942).

En el mismo sentido se manifestó entonces John Bernal:

En esta guerra, la dependencia del gobierno de la ciencia queda de manifiesto como nunca hasta ahora. Pero es sólo en su urgencia aparente que las necesidades de la guerra difieren de las de la paz. Lo que la ciencia ha dado a la guerra para la destrucción de la humanidad puede ser dado más efectivamente y con mejor voluntad para su beneficio” (British Association, 1942).

Juan Negrín, quien además de Primer Ministro de la República Española era catedrático e investigador en fisiología, por entonces exiliado en Inglaterra, participó también de aquella reunión. La intervención de Negrín constituyó un inteligente discurso acerca de las relaciones entre la ciencia y la política, que incluía un alegato contra la tecnocracia.

“El espíritu con el que informo estas consideraciones no sustenta, ya sea abierta o veladamente, un régimen de ‘tecnocracia’ o, más aún, de ‘sofocracia’. La ciencia y la tecnología deben proveer lo necesario para un gobierno racional, pero de ningún modo pueden reemplazarlo” (British Association, 1942).

La tecnocracia, como variante de la burocracia, según la visión de Max Weber y la glosa de Manuel García Pelayo, responde a una visión ideológica según la cual la racionalidad científica y tecnológica desplaza a la política. En estas épocas de auge del “pensamiento único”, nueva variante del discurso tecnocrático, la advertencia de Negrín tiene gran actualidad.

La tecnocracia no es solamente un rasgo de las sociedades económica y tecnológicamente más avanzadas. Hay una tecnocracia del subdesarrollo que hoy, en el plano de la economía predica como únicas recetas la desregulación, la reducción del estado, el ajuste de las cuentas públicas y la apertura de los mercados. Esa visión tecnocrática carece de respuesta para el agravamiento de los problemas sociales. En el campo de la política científica y tecnológica se libra en América Latina una confrontación que por momentos parece incluir como actores sólo a los “modernizadores” que menosprecian el esfuerzo endógeno y los viejos capitanes de la ciencia tradicional. A esta confrontación me referiré más adelante.

3. Ciencia, tecnología y desarrollo en América Latina

En América Latina la preocupación las políticas de ciencia y tecnología surgió muy pocos años después que los países industrializados tomaran conciencia acerca de su importancia. Una peculiaridad de la región ha sido la íntima vinculación entre estas políticas y la problemática del desarrollo.

Después de la segunda guerra mundial se pusieron en marcha grandes programas de reconstrucción de los países beligerantes y a ello se aplicó la tarea de muchos de los organismos multinacionales recién creados. El comercio internacional se fue recuperando, pero América Latina encontró dificultades crecientes para beneficiarse de los flujos de intercambio. Los actores más destacados de la región comenzaron a experimentar una desconfianza creciente acerca de los presuntos beneficios del modelo internacional vigente.

Cuando los países de América Latina cayeron en la cuenta de su marginación respecto a los nuevos escenarios de la economía y la política internacionales, alzaron sus voces para instalar la problemática del desarrollo en la agenda de temas prioritarios de la comunidad internacional. Por efecto de aquellas presiones fue creada la CEPAL, como un organismo especializado en la economía latinoamericana y la cuestión del desarrollo fue reconocida como la prioridad estratégica fundamental para la región (Sunkel y Paz, 1970).

Los economistas del desarrollo (Hirschman, Rostow, Nurkse y otros), vinculados en su mayoría a organismos internacionales, y sobre todo a la CEPAL, coincidían en la inconveniencia de una inserción pasiva en el comercio internacional. La solución propuesta fue impulsar políticas de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) a partir de una activa intervención del estado para regular el funcionamiento de los mercados.

En este marco, los países de la región comenzaron a abrir el campo de la política científica y tecnológica. A partir de la década de los cincuenta, muchos de ellos crearon instituciones destinadas a la política, el planeamiento y la promoción de la ciencia y la tecnología. Aquellas acciones, que recibieron un gran impulso en la siguiente década, fueron en muchos aspectos discontinuas y contradictorias, pero en otros exhibieron una notable continuidad debido a que, en general, fueron diseñadas siguiendo las pautas organizativas y la concepción general que difundieron activamente UNESCO y OEA.

Ambas organizaciones “sembraron la idea de que la ciencia y la tecnología eran una usina de crecimiento, en un rico suelo fertilizado por el deseo de la modernización y el desarrollo“ (Dagnino 1999).

Apenas comenzada la década de los sesenta, el apoyo a la ciencia y la tecnología entró en la agenda de la cooperación hemisférica. La preocupación dominante inicialmente fue la necesidad de desarrollar metodologías para la planificación de la política científica y tecnológica, en el marco de la planificación general del desarrollo. Este punto de vista quedó claramente expresado en la Declaración de los Presidentes de América, surgida de la reunión de Punta del Este en 1967.

Sin embargo, pese a tales esfuerzos, la cruda realidad de la vida económica hizo que el proceso de ISI se nutriera de tecnología transferida en forma incorporada a las grandes inversiones de capital, sin que se prestara suficiente atención a las fases de adaptación a las condiciones de mercado, aprendizaje y todas aquellas que hoy se engloban en el concepto de trayectoria tecnológica de las firmas (Bell, 1995). El resultado fue una baja capacidad tecnológica del sector productivo de los países latinoamericanos, escasa demanda de conocimientos tecnológicos generados localmente y, por lo tanto, sistemas científicos escasamente vinculados con los procesos económicos y sociales.

Al cabo de algunas décadas, el modelo de ISI fracasó en resolver el problema y, en algunos aspectos, hasta lo agravó, pese a haber alcanzado cierto éxito en impulsar el crecimiento de la industria de manufacturas en muchos países de la región.

La crisis de la década los ochenta, a la que se conoce como la “década perdida” por los países latinoamericanos, produjo una ruptura en la confianza de que existía un camino hacia el desarrollo endógeno y dio lugar, en cambio, a políticas de ajuste, estabilización y apertura de las economías, que fueron consideradas como un paso necesario –aunque no suficiente- para intentar la vía alternativa ofrecida por la globalización.

La experiencia de América Latina en utilizar la política científica y tecnológica como instrumento de desarrollo, pese a ciertos logros en el plano académico, no puede ser considerada como un éxito. Algunos autores señalan que esto se debió a ciertos factores que acentuaron los aspectos negativos del enfoque basado en la oferta. El primero de ellos fue la escasa demanda de conocimiento científico y tecnológico por parte del sector productivo. El segundo factor tuvo carácter estructural y consistió en la inexistencia o la extrema fragilidad de los vínculos e influencias recíprocas entre el estado, la sociedad y la comunidad científica (Dagnino, 1999). La importancia de este problema fue claramente percibida por Jorge Sábato, quien propuso, como modelo orientador de las estrategias de desarrollo, un "triángulo de interacciones” entre los vértices correspondientes al gobierno, el sector productivo y las instituciones científicas y académicas (Sábato, 1969).

En la práctica latinoamericana, el vacío dejado por la demanda del sector productivo fue ocupado por la comunidad científica. Ella jugó, en el diseño de las políticas latinoamericanas de ciencia y tecnología, un papel que excedió por mucho la influencia que tuvo en los países avanzados.

“Algunos miembros de la comunidad científica, principalmente relacionados con las disciplinas universitarias tradicionales, con el poder adquirido a través de un mecanismo de transducción tuvieron considerable influencia en el diseño de las políticas de ciencia y tecnología. Este mecanismo transforma el prestigio derivado de las actividades académicas, en particular, de las comunidades disciplinarias, en autoridad política y poder de representación de la comunidad científica” (Dagnino, 1999).

Ya desde finales de los sesenta, un sector surgido del propio núcleo de las comunidades científicas de los países de América Latina había comenzado a manifestar una actitud crítica respecto al modelo de desarrollo seguido hasta entonces en relación con la ciencia y la tecnología. Este fenómeno, convergente a posteriori con otras corrientes originadas en el ámbito de la economía, fue parte importante de lo que más tarde sería denominado como “pensamiento latinoamericano en ciencia y tecnología” (Albornoz, 1989).

La crítica al modelo preexistente fue enfocada desde distintos ángulos. Desde uno de ellos se destacó el carácter marginal de la ciencia en la región, vinculándola con la dependencia de los centros de poder mundial. Desde esta perspectiva crítica se señalaba que la producción científica tenía más relación con las necesidades internas del grupo social que las generaba, que con los requerimientos propios del desarrollo del país dependiente (Herrera, 1971). Otros autores caracterizaban al sistema científico de los países latinoamericanos como "exogenerado” y “endodirigido” (Suárez, 1973). Un cuestionamiento más radical se tradujo en la distinción entre la ciencia “importada”, “copiada” o generada localmente en función de demandas sociales, y el modelo de país que a cada una de ellas correspondía (Varsavsky, 1969).

4. Nuevas tendencias globales

En los años más recientes, un nuevo contexto en el que predominan las tendencias globales, y en el cual la información y el conocimiento ocupan un lugar central, planteó en América Latina la necesidad de una nueva agenda del desarrollo y nuevas políticas para el conocimiento.

El conocimiento, como nunca antes en la historia, se ha convertido en un factor crítico para el desarrollo. El informe 1998/99 del Banco Mundial, comienza con una comprobación:

“Las economías no están basadas únicamente en la acumulación de capital físico y recursos humanos; hace falta también un sólido cimiento de información y aprendizaje” (Banco Mundial, 1999).

En la medida que el conocimiento se ha convertido en un factor esencial para la riqueza, su distribución se ha tornado igualmente inequitativa.

“Lo que distingue a los pobres –sean personas o países- de los ricos es no sólo que tienen menos capital, sino menos conocimientos” (Banco Mundial, 1999).

La revolución de la ciencia y la tecnología -en particular, las tecnologías de la información y comunicación- ha transformado profundamente, no sólo el sistema productivo, sino la estructura social en los países industrializados. Este proceso repercute con fuerza en los países en desarrollo y, por el momento, se traduce en un gran desconcierto con respecto a las políticas que corresponde adoptar.

En el escenario de quienes debaten sobre estos temas en América Latina es posible identificar por lo menos cuatro posturas diferenciadas:

Política científica tradicional

Esta postura, basada en la oferta de conocimientos, defiende la necesidad de una política cuyo eje sea asignar recursos al fortalecimiento de la investigación básica, siguiendo criterios de calidad. Esta postura predomina en la comunidad científica latinoamericana. La debilidad de esta posición es que en la experiencia de los países de América Latina los conocimientos producidos localmente no llegan a aplicarse en la producción o los servicios.

Política Sistémica de innovación

Esta postura, basada en la demanda de conocimientos postula la necesidad de una política cuyo eje sea el estímulo a la conducta innovadora de las empresas. En sus versiones más modernas, se aplica el enfoque de “sistemas de innovación”. La innovación, desde esta perspectiva, es vista como un proceso de interacciones múltiples que requiere la existencia de un tejido social innovador como sustento. La debilidad de esta posición es que en el sector productivo latinoamericano los sistemas de innovación son más un postulado teórico que una realidad. La comunidad científica suele rechazar el aspecto “economicista” de esta política.

Política para la sociedad de la información

Esta postura se basa en la potencialidad de internet y en la supuesta disponibilidad universal de los conocimientos. Pone el énfasis en fortalecer la infraestructura de información y telecomunicaciones. Esta postura es impulsada por sectores que, desde una perspectiva modernizadora, cuestionan la viabilidad de los esfuerzos orientados a lograr una capacidad científica endógena, sobre la base de que las tendencias globales producen una nueva distribución internacional del trabajo y del saber. La debilidad de esta posición radica en que confunde los procesos de creación y transmisión de conocimientos. La renuncia a producir conocimientos localmente afecta la capacidad de apropiarse de los que son generados fuera de la región. Esta perspectiva pierde también de vista que la solución de muchos de los problemas locales reclama conocimientos producidos localmente. Esta postura, que está en auge en ciertos países, no es propiamente una política científica y tecnológica, pero en la práctica la reemplaza.

Política de fortalecimiento de capacidades en ciencia y tecnología

Esta postura es ecléctica, ya que trata de rescatar, por una parte, las políticas de ciencia y tecnología propias de etapas anteriores, centradas en la producción local de conocimiento, pero procura, por otra parte, adaptarlas en función del nuevo contexto. Postula la necesidad de implementar políticas que no sólo tengan en cuenta la I+D, sino también las distintas etapas o modalidades del proceso social del conocimiento: la capacitación científica y técnica, la adquisición de conocimientos, su difusión y su aplicación en actividades productivas u orientadas al desarrollo social. La dificultad de esta postura radica en que los procesos de transformación que propone son graduales y están menos asociados al imaginario de los gurúes de la “modernización” (cuya influencia en la asignación de recursos es considerable), que confían en que milagrosamente, gracias a internet, se accede de lleno al primer mundo.

El debate entre las cuatro posturas señaladas aún no ha decantado y, en general, no ocupa el lugar central en la agenda de los países, ya que (salvo excepciones) predominan las políticas de ajuste que se traducen en una baja inversión en ciencia y tecnología. No obstante, se registra una toma de conciencia gradual acerca de los riesgos implícitos en el actual orden político y económico hegemónico, tanto en lo que se refiere a los procesos de exclusión, como a la degradación ambiental. Ello conduce a la necesidad de impulsar un modelo de desarrollo "sostenible".

La característica de "sostenible" (o sustentable) convierte al desarrollo en una meta de naturaleza más compleja e integradora que la idea de "desarrollo a cualquier precio" sobre la base de la cual se articularon muchas de las políticas públicas en Iberoamérica a partir de los años sesenta, incluyendo entre ellas a las de ciencia y tecnología, y le confiere un contenido ético superior al "desarrollo para pocos" que está implícito en el modelo vigente en la actualidad.

El "desafío del conocimiento" (Fajnzylber, 1992) es estratégico para los países latinoamericanos. Este desafío implica la necesidad de realizar grandes esfuerzos en materia de educación, investigación científica y modernización tecnológica. El cambio más profundo, respecto a los enfoques de décadas anteriores, no se refiere al énfasis puesto en el papel de la ciencia y la tecnología, sino a la comprensión de que éstas atañen no solamente a científicos y tecnólogos sino a la sociedad en su conjunto.

5. Panorama de la ciencia y la tecnología en América Latina y el Caribe

¿Cuál es hoy la realidad emergente de todo ese proceso histórico? Los datos aportados por la RICYT ponen de manifiesto que América Latina muestra una debilidad estructural en materia de ciencia y tecnología. Los indicadores disponibles(1) cuantifican la escasez de recursos y financieros, si bien permiten diferenciar trayectorias y situaciones nacionales muy disímiles. La heterogeneidad, por lo tanto, es una de las condiciones que deben ser tomadas en cuenta a la hora de formular propuestas de alcance regional.

5.1. La inversión en ciencia y tecnología

América Latina representa el 1,7% de la inversión mundial en I+D (Gráfico 1).

gráfico 1

En 1998 la inversión en ciencia y tecnología del conjunto de países de América Latina alcanzó algo más de 15.000 millones de dólares (Gráfico 2). Una parte de esa suma, equivalente a 9.700 millones de dólares, se destinó a financiar actividades de investigación y desarrollo (I+D). Cabe llamar la atención sobre el hecho de que aquel mismo año, Canadá destinaba a I+D más de 12.000 millones de dólares, superando en forma significativa al conjunto de la región. La inversión de los Estados Unidos en I+D durante aquel mismo año fue de 220.000 millones de dólares.

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La inversión en I+D como porcentaje del PBI en América Latina representó en 1998 un 0.52% (Gráfico 3). Al analizar la evolución histórica de este indicador durante la década de los noventa se constata que el menor nivel de inversión se produjo en 1992 (0.38% del PBI) y el máximo nivel en 1995, con un valor de 0.56% del PBI. La tendencia, pese a los altibajos es ascendente.

gráfico 3

Cuando se compara la magnitud del esfuerzo latinoamericano con relación a su producto, las cifras ponen de manifiesto una debilidad muy notoria. Mientras el PBI de Estados Unidos cuadruplica al de América Latina, su inversión en I+D es más de 20 veces mayor que la latinoamericana. Dicho de otro modo, el esfuerzo de los países de la región en ciencia y tecnología es inferior al que les correspondería realizar tomando en cuenta el valor del producto regional.

Lo anterior queda más claro cuando se analiza, país por país, qué porcentaje del PBI se destina a I+D. Un análisis pormenorizado de los países latinoamericanos muestra situaciones disímiles. Solamente Brasil, Cuba y Costa Rica declaran que el valor de su inversión en 1998 en I+D superó el 0,75% del PBI, lo que los coloca muy por encima del resto de los países latinoamericanos, aunque lejos de Estados Unidos (2.61%) y Canadá (1.61%). En el rango intermedio, entre 0.5% y 0,75% se encontraba Chile (0,62%). Los restantes países no alcanzaban el umbral del 0.5%.

gráfico 4

La lectura de los datos confirma también que uno de los rasgos predominantes del conjunto de América Latina en materia de ciencia y tecnología es el de la heterogeneidad. Esta se hace evidente cuando se contrapone la riqueza del país (PBI por habitante) con la importancia que se concede a la inversión en I+D (porcentaje del PBI). Este ejercicio (Gráfico 4) permite descartar cualquier hipótesis que suponga una relación directamente proporcional entre ambas variables. Se podría afirmar que la heterogeneidad en este caso no es diferente de la que se percibe en cualquier otra dimensión en la que se comparen los países latinoamericanos. Sin embargo, esto no es estrictamente cierto, ya que existen diferencias importantes entre países con similar estructura social y económica.

5.2. Composición de la inversión en I+D

El indicador de inversión en I+D por sector de financiamiento (Gráfico 5) muestra que en América Latina casi el sesenta por ciento de la I+D es financiada por el presupuesto público y sólo un terciopor las empresas. Esta estructura de financiamiento contrasta con la de los países industrializados.

En ellos, aproximadamente las dos terceras partes de los recursos para I+D provienen de las empresas. Japón configura un caso extremo, con una participación empresarial del 72%. En Estados Unidos, casi el 65% de la I+D es financiada por las empresas. La situación de Canadá, en la cual esta porción es algo menor al 50%, se aproxima a la de Europa (53%). En América Latina, los países con mayor proporción de financiamiento empresarial de la I+D en 1997 eran Venezuela y Brasil, países que aún mantenían importantes empresas en manos del estado.

gráfico 5

El indicador de inversión en I+D por sector de ejecución (Gráfico 6) muestra que la participación de las empresas en la ejecución de la I+D alcanza un 38% (principalmente debido al aporte de Brasil). El grueso de la I+D se ejecuta en las universidades (41%). En los centros públicos de investigación se realiza el 20%. Nuevamente el cuadro se diferencia de los países industrializados. La inversión de las empresas en I+D es ampliamente mayoritaria en los Estados Unidos (72.8%), Japón (70.3%), Europa (62.4%) y Canadá (61.8%).

gráfico 6

5.3. Recursos humanos en ciencia y tecnología

El personal total en ciencia y tecnología (investigadores, becarios y técnicos de apoyo) asciende en América Latina a más de doscientas mil personas. De este número, 123.500 pueden ser considerados como investigadores, los que equivalen a una vez y media la dotación de investigadores con los que cuenta Canadá. Los investigadores de Estados Unidos son casi un millón; esto es, siete veces más que los latinoamericanos.

gráfico 7

El 40% de los investigadores latinoamericanos se encuentra en Brasil, y otro 33% se reparte entre Argentina y México (Gráfico 7). En materia de recursos humanos dedicados a la investigación se registra una tendencia positiva. En 1990, América Latina contaba con 108 mil investigadores, lo que indica que el crecimiento durante esta década fue de un 16%.

gráfico 8

Al tomar el número de investigadores cada mil integrantes de la población económicamente activa (PEA), se observa que América Latina contaba en 1998 con un valor de 0.74 (Gráfico 8). La cifra de Canadá era más de siete veces mayor, y la de Estados Unidos diez veces más grande. Entre los países de América Latina se destaca la densidad de investigadores de Argentina (1.84 por cada mil integrantes de la PEA), Costa Rica (1.52) y Chile (1.38).

Desde el punto de vista institucional, la mayor parte de los investigadores latinoamericanos se desempeña en las universidades. Solamente en Costa Rica, Argentina y México los investigadores correspondientes al sector empresario superan el 10% del total. En Panamá, se destaca el peso relativo de las organizaciones privadas sin fines de lucro, el número de cuyos investigadores alcanza el 9% del total.

Durante la presente década, América Latina registró un crecimiento continuo en el número de egresados universitarios en todos los niveles (grado, maestría y doctorado). En el caso de los estudios de grado, el número de egresados casi duplicó en 1997 el de comienzos de la década. La orientación predominante en la formación universitaria latinoamericana es marcadamente tradicional y profesionalista: en 1997 la abrumadora mayoría de los graduados (78%) correspondió a carreras pertenecientes a las áreas de ciencias sociales y médicas. Tan sólo un 11% de los graduados de aquel año cursó estudios en ciencias naturales y exactas, o bien en ingeniería y tecnología. Llama la atención la baja cantidad de graduados en el área de las ciencias agrícolas, lo que contrasta con la importancia de las publicaciones científicas en esta área, como se discutirá más adelante.

5.4. Los resultados

Patentes.En los países industrializados uno de los indicadores utilizado para medir los resultados de los sistemas de I+D es el número de patentes. Este indicador es poco significativo en América Latina por cuanto la investigación se lleva a cabo en ámbitos académicos y mantiene muy débiles vínculos con la industria. Un factor adicional remite a los marcos legales que, en ciertos países, desalientan el patentamiento.(2)

Indicadores bibliométricos. El análisis de la producción científica de los países de América Latina y el Caribe, a través de diversas bases de datos internacionales de publicaciones científicas, tanto multidisciplinarias, como disciplinarias, refleja una baja participación de los investigadores de la región en la producción científica mundial, dentro de la franja que se denomina como “corriente principal de la ciencia” (Gráfico 9).

De las 938.000 publicaciones registradas en el Science Citation Index (SCI) en 1997, solamente 21.955 correspondieron a países de la América Latina y el Caribe. Esta cifra equivale al 2.3% del total mundial. Cabe remarcar que en esta base España cuenta con un número similar de registros (20.077).

Las publicaciones de países latinoamericanos registradas en la base francesa PASCAL en 1997 fueron 10.799, lo que representaba el 2.1% del total de 498.951 registros. La orientación europea de esta base se manifiesta en el hecho de que España supera a América Latina, aportando el 2.6% del total. Si bien los países con mayor participación son los mismos que en el SCI, en este caso México es el segundo país latinoamericano, superando a la Argentina.

gráfico 9

En las bases temáticas de física (INSPEC), ingeniería (COMPENDEX), química (Chemical Abstracts), biología (BIOSIS), medicina (MEDLINE) y ciencias agrícolas (CAB), la participación de América Latina y el Caribe varía entre el 5,4% en CAB y el 1.5% en Chemical Abstracts y MEDLINE. Brasil es en todos los casos el país de la región con mayor participación (Gráfico 10).

gráfico 10

5.5. Una imagen comparativa de la ciencia en América Latina

La inversión y los recursos humanos son las dos dimensiones tradicionalmente utilizadas para caracterizar los sistemas de I+D. Es interesante comparar el mix de ambas variables, ponderadas por los valores del PBI y la PEA, ya que tal análisis permite distinguir algunos perfiles predominantes. El gráfico 11 presenta los recursos que los distintos países asignan a la I+D en ambos planos de ponderación: inversión en I+D como porcentaje del PBI y número de investigadores por cada mil integrantes de la PEA. De esta manera, se configuran cuatro conjuntos de países con perfiles claramente diferenciados:

  1. El primer cuadrante está ocupado por Costa Rica, Chile y Cuba. Estos países presentan valores relativos superiores al promedio latinoamericano en ambas dimensiones.
  2. Brasil ocupa en soledad el segundo cuadrante, en el cual la inversión ponderada supera el promedio regional, pero el número de investigadores ponderado está por debajo de la media latinoamericana.
  3. El caso inverso es el de Argentina, ocupante exclusivo del tercer cuadrante, en el cual los recursos humanos superan el promedio y la inversión queda por debajo.
  4. La gran mayoría de los países se ubica en el cuarto cuadrante, en el que ambos parámetros no alcanzan la media. Dentro de este conjunto es posible distinguir dos grupos, ya que Uruguay, México, Colombia, Bolivia y Panamá están cerca del promedio, en tanto que Ecuador, Nicaragua y El Salvador están muy alejados de él.

gráfico 11

El gráfico pone en evidencia que Brasil y Argentina han recorrido trayectorias diferenciadas en materia de ciencia y tecnología. Tal diferencia puede ser explicada por medio de las variables de industrialización y modernización (Suárez, 1973). Desde este punto de vista, el lugar que ocupa Brasil en el gráfico se explicaría a partir del mayor grado de industrialización de su economía, que no fue acompañada en forma pareja por la modernización de la sociedad. El caso argentino sería el inverso; la disponibilidad de un potencial relativamente alto de recursos humanos, con relación a los recursos económicos que destinan a esas actividades, hallaría parte de su explicación en una sociedad relativamente “modernizada”, cuya economía no ha acompañado en forma acorde el proceso de modernización.

En resumen, cuando se evalúan las políticas y estrategias alternativas para América Latina se debe tomar en cuenta la relativa debilidad de la región en ciencia y tecnología. En efecto, la totalidad de los recursos económicos dedicados a la I+D en América Latina (Gráfico 12) no llegan a alcanzar lo invertido por Canadá. En lo relativo al número de investigadores, los latinoamericanos superan holgadamente el número de Canadá, pero, como se ha dicho, están muy lejos de alcanzar los valores de la Unión Europea o de Estados Unidos.

gráfico 12

6. Visión latinoamericana de la cooperación en ciencia y tecnología

La cooperación internacional en ciencia y tecnología también es objeto de revisión en los países de América Latina. Una compulsa a expertos y protagonistas latinoamericanos examinó este problema desde la perspectiva de la región (UNCTAD, 1997). Las observaciones que formularon los entrevistados giraron sobre cuatro ejes:

  1. Heterogeneidad de la región.
  2. Cooperación para la innovación.
  3. Cooperación para desarrollar la capacidad de I+D.
  4. Desburocratización.

Heterogeneidad de la región

Los indicadores examinados ponen en evidencia que el desarrollo de la ciencia y la tecnología y de los procesos de innovación industrial en América Latina no es homogéneo entre los distintos países. Tal advertencia es compartida por otros diagnósticos, como en el caso del BID:

“Los países más pequeños y pobres en la región a menudo no tienen un marco institucional para la ciencia y la tecnología, a excepción de unas pocas universidades y sus empresas medianas o pequeñas usualmente no tienen cultura o capacidad de I+D” (BID, 1998).

Las diferencias de nivel entre los países de la región son perceptibles en distintos órdenes; entre otros:

  • calidad y eficacia del sistema educativo;
  • capacidad de I+D y existencia de una comunidad relativamente fuerte en algunas disciplinas o áreas tecnológicas;
  • aprovechamiento o apropiación, por parte de la sociedad, de la producción local de conocimientos.

La heterogeneidad de situaciones impone la aplicación de instrumentos y modelos diferenciados en las políticas de ciencia y tecnología de los países latinoamericanos. Sin embargo, este rasgo se contrapone con la tendencia de los programas de cooperación internacional a prestar escasa consideración a las diferencias y proponer recetas semejantes. Hay un contraste entre la heterogeneidad de las situaciones nacionales y la homogeneidad de las acciones emprendidas por la cooperación internacional en ciencia y tecnología.

La heterogeneidad de la región abre oportunidades para el ejercicio de la cooperación horizontal en la región, ya que los países de mayor tamaño relativo tienen la oportunidad de mostrarse solidarios con relación a los más pequeños de América Latina.

Cooperación para la innovación

Los cambios producidos en los últimos años en el concepto de la innovación como un sistema integrado, abren nuevas perspectivas a la cooperación tradicional en ciencia y tecnología. Los participantes en la consulta consideraron deseable que la cooperación regional en esta materia asuma una perspectiva que permita promover la integración de diversos actores socioeconómicos, además de los científicos y tecnólogos, en el diseño de las grandes estrategias en ciencia y tecnología. En este sentido, el instrumento de cooperación internacional que registró mayor grado de acuerdo es el estímulo a la conformación de “redes” de actores, por su eficacia, tanto para canalizar las actividades de cooperación, como para promover procesos de innovación y desarrollo tecnológico.

No obstante, un límite en la efectividad de la cooperación internacional como instrumento de estímulo a la innovación consiste en la dificultad para inducir por este medio la demanda, ya que ésta no es un elemento autónomo de la política económica y de la estructura productiva de cada país. Por otra parte, la lógica de la cooperación se contrapone frecuentemente con la lógica de los intereses económicos y la competencia (o bien la encubre).

Cooperación para desarrollar la capacidad de I+D.

En el mismo orden, los expertos consultados señalaron que las acciones orientadas a estimular la actitud innovadora de los empresarios no garantizan de por sí la emergencia de innovaciones. Para ello, recomendaron reforzar las estructuras de I+D, priorizar áreas temáticas relevantes para la región y canalizar suficientes recursos.

El fortalecimiento de la capacidad científica y tecnológica en un sentido tradicional fue visto como una estrategia que, si bien no repercute directamente sobre la conducta innovadora de las empresas, es esencial para garantizar uno de los pilares de la capacidad tecnológica: la formación de recursos humanos de alto nivel.

Desburocratización

Los expertos destacaron la necesidad de reforzar el protagonismo de los distintos actores sociales en los programas de cooperación. En este sentido, consideraron que los procesos de cooperación deben ser liderados de manera directa por la comunidad científica y las empresas. En opinión del panel de expertos, la mediación burocrática en estos procesos ocasiona importantes distorsiones.

7. Lineamientos para una acción regional en ciencia y tecnología

América Latina está hoy enfrentada a la necesidad de crear una nueva doctrina acerca del papel de la ciencia y la tecnología como instrumento para alcanzar el desarrollo sustentable, combatir la pobreza y construir sociedades más equitativas.

Los marcos conceptuales sobre los que América Latina construyó sus instituciones e instrumentos de política científica y tecnológica durante las décadas de los sesenta y los setenta deben ser revisados y actualizados. Las nuevas estrategias deben estar orientadas, por una parte, a la consolidación de capacidades básicas de I+D, formación de recursos humanos altamente capacitados y generación de una cultura favorable a la difusión de la ciencia y la tecnología a una escala social. Por otra parte, deben tener como objetivo construir el tejido de relaciones que configuran los “sistemas de innovación”.

Es bastante evidente, a partir del diagnóstico basado en indicadores, que las estrategias orientadas a cerrar la brecha (excepto que se trate de algunos nichos puntuales) no son realistas para los países de la región. En todo caso, la brecha que debe ser cerrada es la que tiene que ver con los problemas sociales, la vitalidad del sector productivo y la capacidad de aprovechar al máximo los recursos disponibles. De aquí que la inserción de la región en la ciencia internacional deba ser concebida sobre supuestos que privilegien la capacidad de aprovechar localmente los conocimientos que se generan, tanto dentro, como fuera de la región.

En muchos foros regionales se reconoce la necesidad de contar con una estrategia orientada a generar capacidades comunes que aglutinen a los científicos y a los centros de I+D latinoamericanos, tanto en el nivel regional como el subregional, ya que sólo a través de una estrategia de este tipo se puede alcanzar una dimensión equivalente a la de un país industrializado de tamaño medio.

La estrategia orientada a generar capacidades científicas y tecnológicas comunes debe contemplar al menos dos orientaciones diferentes.

  1. Redes científicas, tecnológicas y de innovación,
  2. Grandes emprendimientos.

Redes científicas, tecnológicas y de innovación

El impulso a la constitución de redes que aglutinen a científicos, tecnólogos, e incluso empresas y otros actores sociales involucrados en la producción y utilización de conocimientos es un punto central de las estrategias de cooperación más aconsejables. La generación de estas redes a escala regional cuenta ya con importantes antecedentes en América Latina. Actualmente, la generalización del acceso a INTERNET y la disponibilidad de recursos de información y comunicación favorece la creación de una “masa crítica virtual” que multiplique la capacidad de producción de conocimientos y la inserción de los investigadores latinoamericanos en la comunidad científica mundial.

Las redes que incluyan a empresas, centros científicos, universidades e instituciones financieras teniendo como eje la tecnología y la innovación cuentan con menos antecedentes en América Latina, si bien han sido exploradas por el Programa Bolívar y los proyectos IBEROEKA del Programa CYTED. El aliento a estas redes es imprescindible como instrumento para la conformación de los sistemas de innovación. Una condición para el éxito de tal estrategia es que las iniciativas estén apoyadas en políticas de desarrollo industrial e integración aplicadas por los países que integran la región.

Grandes emprendimientos

América Latina no debe abandonar ciertos campos de la big science debido a su importancia estratégica en el futuro, con el propósito de lograr ciertos grados de autonomía científica y tecnológica que le permitan insertarse más equilibradamente en el escenario global. Para ello, debe ser capaz de aprovechar adecuadamente las fortalezas que, en determinadas áreas del conocimiento, han sido acumuladas por algunos países de la región. Temas como las energías alternativas (incluyendo la energía nuclear), las actividades aeronáuticas y espaciales, la biotecnología, la microelectrónica, las telecomunicaciones, el tratamiento de la información y los materiales avanzados, entre otros, deben dar lugar a la creación de centros o programas de carácter regional y subregional.

Existen experiencias del pasado que deben ser aprovechadas; tal es el caso del programa latinoamericano de metalurgia apoyado desde hace décadas por OEA. La experiencia de los grandes centros europeos, muchos de los cuales constituyen complejos entramados científicos, tecnológicos e industriales debe ser también tomada en cuenta. Los campos de la tecnología energética y aeroespacial tienen la doble condición de su carácter estratégico y de la existencia de una masa crítica numerosa y calificada en países como Argentina, Brasil, Chile, México y Venezuela, entre otros. Por tal motivo pueden dar lugar a programas que demanden inversiones y actividades conjuntas en el ámbito de toda la región o en el nivel subregional (como, por ejemplo, el MERCOSUR).

Otros campos, como las tecnologías de aplicación de la informática y las telecomunicaciones pueden ser adecuados para el desarrollo de emprendimientos conjuntos de naturaleza tecnológica y productiva con amplia difusión social, ya que permitirían involucrar a pequeñas y medianas empresas de base tecnológica, brindándoles acceso a tecnologías modernas y a mercados ampliados.

Finalmente, la inversión en grandes equipamientos científicos de alto costo puede adquirir pleno sentido en un marco de aprovechamiento a escala regional. Alrededor de estos equipos, instalados con sentido estratégico en distintos países, con el carácter de centros regionales, sería posible estructurar redes científicas del más alto nivel que cuenten, a partir de las facilidades comunes, con los medios necesarios para desarrollar investigaciones en la frontera del conocimiento.

Los esfuerzos que se realicen en ciencia y tecnología son inseparables de una reforma del sistema educativo en su conjunto, con el objeto de elevar el nivel medio de conocimientos y calificar la fuerza de trabajo. Al mismo tiempo, es preciso formar profesionales, investigadores y tecnólogos de alto nivel. Claramente, todo ello será posible sólo en un marco general de políticas que, más allá del ajuste, tengan como objetivo retomar un camino propio hacia el tan ansiado desarrollo económico y social. Este problema básico implica necesariamente a la ciencia, pero es de naturaleza política, ya que, retomando las palabras de Negrín: la ciencia y la tecnología deben proveer lo necesario para un gobierno racional, pero de ningún modo pueden reemplazarlo.

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Varsavsky, Oscar; Ciencia, política y cientificismo; Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1969.

Notas

(1) Principales Indicadores de Ciencia y Tecnología; RICYT; Buenos Aires, 1999.

(2) En 1998 fueron solicitadas en los países de América Latina y el Caribe algo menos de treinta y seis mil patentes. A la vez, fueron otorgadas casi diez mil. La tasa de dependencia, es decir, la relación entre patentes solicitadas por residentes y no residentes, era para el total de América Latina y el Caribe de 2.5. Solamente Bolivia y Brasil presentaban un valor menor a 1, lo que significa que la mayoría de solicitudes correspondían a residentes. En 1998 la tasa de autosuficiencia de América Latina y el Caribe, que expresa la relación entre patentes solicitadas por residentes y el total de solicitudes, era de 0.29. El coeficiente de invención, es decir el número de patentes solicitadas por residentes cada cien mil habitantes, es para el total de América Latina y el Caribe de 2.32. Se destacan aquí las cifras alcanzadas por Venezuela, Brasil, Uruguay, Argentina y Chile.


Consideraciones para la cooperación euroamericana en investigación cultural desde una perspectiva latinoamericana por Rubens Bayardo

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La cooperación euroamericana en investigación cultural, vista en perspectiva latinoamericana, debe considerar el contraste existente entre la Europa próspera y América Latina, el continente más desigual del mundo. A ello debe agregarse un contexto político autoritario y frecuentemente antidemocrático, poco interesado en promover la circulación de la información y el desarrollo de la investigación autónoma.

En tal sentido, una cooperación verdaderamente horizontal debería considerar la situación latinoamericana con sus especificidades en distintos países y la corrección de este desbalance de inicio que pasa en parte, por una mirada más atenta de sus realidades.

Por otro lado, no puede dejar de considerarse que las reformas estructurales impulsadas en América Latina por el Banco Mundial (bm) en materia de educación superior e investigación sumados a los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio (omc) sobre la propiedad intelectual, pautan una situación donde la brecha entre Europa y América Latina tiende a incrementarse.

En el contexto de la mundialización, América Latina se halla entre dos grandes bloques regionales que procuran establecer acuerdos privilegiados con el subcontinente. En primer lugar, el Tratado de Libre Comercio de Norte América (nafta), encabezado por Estados Unidos, ha impulsado la firma en 2005 del Área de Libre Comercio de las Américas (alca).Estas acciones terminarían por conformarnos como el patio trasero de la gran potencia, que practica un unilateralismo prepotente en las relaciones internacionales y persigue exclusivamente su propio beneficio.

En segunda instancia, la Unión Europea (ue) busca fortalecer los lazos ya existentes con Latinoamérica, autoproponiéndose como un puente con el resto del mundo. A la cercanía sociocultural basada en los contingentes migratorios acogidos en los países de la región en los siglos pasados, ha agregado en los últimos años una fuerte participación en la adquisición de las ex empresas nacionales, privatizadas por gracia de la desregulación. Esas empresas no cesan de presionar a los países latinoamericanos para perpetuar acuerdos leoninos (cfr. las tarifas de servicios básicos ajustadas a valor dólar) e incrementar las cuantiosas ganancias que obtuvieron durante los noventa. Al mismo tiempo, por desgracia, algunos gobiernos europeos se les suman para apoyar reclamos tan legales como ilegítimos.

En términos generales y más allá de los sectores de que se trate, tales circunstancias no resultan favorables para la cooperación internacional, sino que dibujan fundados temores sobre ella. ¿Acaso alguno de los pretendientes de América Latina, sea Estados Unidos o Europa, plantea realmente algo distinto de esto? ¿Será la cooperación internacional un eslabón más de este engranaje o podrá salirse del círculo del neocolonialismo?

La pregunta no es retórica por cuanto poblaciones indígenas y tradicionales denuncian de manera continua la expropiación de sus saberes ancestrales en nombre de un conocimiento universal, que termina por ser apropiado y patentado por unas algunas de las más grandes corporaciones transnacionales. Privatizado y puesto fuera del dominio público, este conocimiento se vuelve un servicio o un bien por el que hay que pagar si se quiere acceder al mismo y/o a sus aplicaciones. La investigación se ve así perjudicada „Ÿy en ocasiones jaqueada„Ÿ por esta circunstancia, que ha llevado al reclamo de las poblaciones afectadas y al rechazo implícito o explícito de investigaciones e investigadores que podrían implementar una modalidad remozada del antiguo saqueo de materias primas.

Lo anterior plantea la cuestión del acceso a los beneficios del progreso científico técnico, que consagra la Declaración Universal de los Derechos Humanos. América Latina no solo ofrece el campo y la fuente de muestras y de datos para el desarrollo de la investigación, sino que también es un espacio de indagación y creación. Pero esta condición, este «beneficio», necesita ser reconocida para posibilitar una cooperación de doble vía. Un caso puede ser ilustrativo. Ya en la década de los 60 cientistas sociales latinoamericanos como Theotonio dos Santos, Rodolfo Stavenhagen, José Nun y Silvia Segal, entre otros, tematizaron y discutieron lo que luego se llamó la «teoría de la dependencia». En los 90, treinta años después, la antropología postmoderna norteamericana descubrió como nuevas a la dependencia, la situación colonial y la post colonial, que en algunos casos reingresan a la enseñanza universitaria como si se tratara de verdaderas novedades.

Ello se vuelve grave cuando es sabido que en los archivos, bibliotecas y bases de datos del mundo avanzado, se acumulan obras e información que ya casi no disponemos en nuestro propio continente. Esta situación contribuye tanto a cimentar nuestro llamado «subdesarrollo» y el «desarrollo» ajeno, como a la perpetuación de estereotipos prejuiciosos. En tal sentido se hace necesaria una mayor presencia y visibilidad de América Latina en el mundo y en este caso en Europa, donde la mirada exótica aún dificulta la aprehensión de «otras» realidades. Pero esta presencia latinoamericana en el mundo, no puede darse solo mediada por el puente de la UE, también debe existir por sí misma por la vía del reconocimiento dignificante.

Actualmente, la cooperación cultural está basada en intercambios artísticos (cfr. formación, pasantías, exposiciones, giras) „Ÿnecesarios pero limitados„Ÿ y en el patrimonio (cfr. restauración, puesta en valor, formación de especialistas). La investigación, por su parte, brilla y reditúa menos que lo anterior, pero es una inversión sociocultural a largo plazo y necesaria para lograr un desarrollo propio y durable.

A la vez, la cooperación internacional siempre se ha realizado entre estados. Sin embargo, en el presente es necesario incluir regiones, gobiernos locales, actores de pequeña magnitud y entidades asociativas. La confusión entre el gobierno y el Estado que existe en muchos países latinoamericanos, hace que ante la falta de políticas estatales, las autoridades fijen prioridades según sus intereses temporales e inmediatos, sin lineamientos estratégicos. Estos últimos suelen acotarse a proposiciones de individuos, grupos y pequeñas redes con menor capacidad de incidencia, dificultades de acceso a la red de financiamientos y a los apoyos institucionales.

En esta línea se impone un debate profundo sobre estas circunstancias para que la cooperación internacional funcione como tal, sin descarrilarse hacia la expoliación o hacia la asistencia. Dentro de este contexto entiendo que en lo que respecta a la investigación cultural hay algunas líneas de trabajo que resultan prioritarias:

La diversidad cultural, con los problemas que plantean las perspectivas interculturalistas en contraste con las multiculturalistas; la distinción entre la diversidad cultural existente y la diversidad sin conflictos que nos propone el mercado; las relaciones entre diversidad y desigualdad. También la distinción entre la cultura como posibilidad cierta y la cultura como horizonte utópico neoliberal, balsámico y salvacionista; la diversidad como reconocimiento y la diversidad como excusa.

Los derechos culturales, si se estima que en los debates actuales se cuestiona al derecho positivo (derecho que ha privilegiado a al individuo y ha considerado muy poco los derechos de las comunidades y de los agrupamientos colectivos). De la misma manera se cuestiona su pretendida universalidad, cuando la aparente necesidad de la misma -promovida por la globalización„Ÿ ha servido como universalización de los particularismos hegemónicos.

Las políticas culturales que, amén de llamar la atención sobre qué entendemos por cultura y por política; nos remiten a la problemática de la distinción entre las políticas de Estado y las políticas de gobierno, las relaciones entre la cultura y otras esferas de intervención (como la educación, la comunicación, la salud, etc.), las relaciones entre lo público, lo privado y el sector asociativo.

La economía cultural que incluye no solo problemas de financiamiento de las artes y el patrimonio, la producción y los consumos culturales; sino también las industrias culturales, las minorías, las ciudades, los modos de vida actualmente estetizados „Ÿpromovidos y vendidos„Ÿ y el desarrollo de sistemas de información, estadísticas e indicadores culturales cuantitativos y cualitativos. Un párrafo especial merecen los temas del comercio de bienes y servicios culturales, por un lado, las balanzas comerciales nacionales y, por otro, por los derechos de propiedad intelectual que se han convertido en el principal servicio comercializado y el primer escollo para el desarrollo autónomo de las naciones y comunidades.

La gestión cultural como gestión de artes y patrimonio, pero también como gestión de las industrias culturales, de la diversidad cultural y lingüística, lo que involucra, además de los problemas de las experiencias y las buenas prácticas, los problemas de formación de gestores culturales capacitados para desenvolverse en las actuales circunstancias de mundialización, que no pueden comprenderse sin perspectivas locales y globales a la vez.

Considero que esta lista, obviamente muy ligada a intereses y puntos de vista particulares, no agota ni lo pretende, las prioridades de investigación, pero si señala algunas áreas fundamentales de cuyo debate pueden surgir en este «campus euroamericano» acuerdos sobre problemáticas comunes a partir de lo cual constituir modalidades de cooperación en investigación cultural. Estas pueden pasar por compartir recursos, intercambiar información y experiencias, diseñar proyectos conjuntos de investigación, conformar una o varias redes de investigación, y/o formular recomendaciones a los organismos internacionales. Los formatos están abiertos a nuestras necesidades, a nuestra imaginación y a nuestras propuestas. Seguramente requerirán tiempos mayores para ser elaborados y definidos, pero aquí tenemos la ocasión propicia para iniciar y continuar esos pasos.


Rubens Bayardo(*)


Antropólogo uruguayo. Doctor en Filosofía y Letras. Director del Programa Antropología de la Cultura, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires (UBA). Director adjunto del Observatorio Cultural, Facultad de Ciencias Económicas (UBA). Director del Diploma de Estudios Avanzados en Gestión Cultural, Instituto de Altos Estudios Sociales, Universidad Nacional de General San Martín, Buenos Aires, Argentina.


La Cooperación Universitaria para el fomento de la cultura científica por Jesús Sebastián

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En la actualidad no existe un consenso sobre el significado del concepto de cultura científica. La pluralidad de sus contenidos y las diferentes visiones e interpretaciones de la misma condicionan y dificultan una definición clara y universalmente aceptada.

La cultura científica ocupa un espacio con fronteras difusas puesto que se ubica en la interfase entre el ámbito científico y tecnológico y la sociedad. La cultura científica se fundamenta en los conocimientos sobre la naturaleza, los seres humanos y la sociedad obtenidos a través de la observación y la investigación, constituyendo el acervo de la ciencia y la tecnología. Se incorpora a través de diferentes medios en los individuos y en el cuerpo social, dando lugar a diversidad de expresiones, que inciden en el propio desarrollo científico, en la apropiación social del conocimiento y en las innovaciones sociales.

La cultura científica forma parte del ámbito más general de la cultura. El debate sobre las dos culturas no se fundamenta tanto en la naturaleza intrínseca de las culturas científicas y humanísticas, puesto que ambas son fruto de la creatividad individual y colectiva, sino en los modos de expresión de esta creatividad y en las vías de acceso a los conocimiento y resultados de la misma, así como en una división artificial que se ha profundizado en la educación y en los ámbitos administrativos y académicos.

Cualquier definición de la cultura científica debe incorporar aspectos relacionados con el conocimiento, las actitudes y las capacidades para la acción, todo ello en el ámbito de la ciencia y la tecnología.

Componentes de la cultura científica

Se propone una visión sistémica de la cultura científica que permite analizar los componentes que tienen que ver con la formación de esta cultura y con sus manifestaciones y consecuencias. La propuesta analiza la cultura científica en un esquema de inputs y outputs. Este enfoque permite desagregar los componentes y favorecer las acciones de fomento y de cooperación internacional.

Si bien se alude continuamente en este texto a la cultura científica, se entiende que en este concepto se incluye también a la tecnología, puesto que si bien se pueden establecer algunas diferencias entre cultura científica y cultura tecnológica, la progresiva tecnificación de la ciencia y de cientificación de la tecnología, la comprensión actual de los procesos de innovación y la conformación de la sociedad del conocimiento implican una estrecha articulación e incluso fusión entra la ciencia y la tecnología.

El siguiente esquema muestra el flujo de componentes relacionados con la cultura científica.

 

Como se ha señalado anteriormente, la base de la cultura científica se encuentra en los marcos organizativos e institucionales, en la naturaleza de los procesos y en los resultados de las actividades de investigación en forma de conocimientos e innovaciones. La cultura científica implica tanto los entornos, actividades y resultados endógenos del país como el conjunto mundial de la ciencia y la tecnología, que constituyen el acerbo global.

La incorporación de estos conocimientos e innovaciones en los individuos y en la sociedad no solamente implica el acceso a una información especializada, sino también la elaboración de percepciones y opiniones, que conforman la posibilidad de sustentar un juicio crítico frente a la ciencia y la tecnología. El acceso a la información, la integración de los conocimientos y el desarrollo de aptitudes para la acción constituyen el núcleo de la cultura científica.

Entre los principales componentes que contribuyen a la creación de la cultura científica se encuentran los siguientes:

Educación
Difusión y divulgación
Grupos de opinión
El sistema de la educación básica y secundaria juega un papel fundamental en la conformación de la cultura científica a través de la transmisión de conocimientos y el desarrollo de habilidades para desarrollar las capacidades críticas. Los conocimientos no solamente se refieren al estado del arte de la ciencia y la tecnología, sino también a las dimensiones de la filosofía e historia, la naturaleza de los procesos de la investigación científica, las condiciones en que se produce el desarrollo científico y tecnológico y las implicaciones éticas, sociales y económicas del mismo. Los enfoques, contenidos, métodos y materiales docentes en relación con estas materias constituyen componentes esenciales para conformar sociedades informadas, abiertas y con capacidad de análisis frente a los nuevos descubrimientos y aplicaciones de las tecnologías.

Los procesos de divulgación científica y difusión de los conocimientos y tecnologías son componentes tradicionales asociados a la conformación de la cultura científica, especialmente desde el punto de vista de la transmisión de información. Estos procesos se asocian con la “alfabetización científica” de los individuos y las sociedades, suministrando informaciones que incrementan el acervo de conocimientos sobre la ciencia y la tecnología y satisfacen las curiosidades e intereses de las personas.

Existen numerosos actores, medios y modalidades que están implicados en las tareas de divulgación, que pueden tener diferentes niveles de especialización, rigor y profundidad. La profesionalización del periodismo científico, la generalización de la divulgación científica en los medios masivos de comunicación y la proliferación de revistas de divulgación general y especializada abren muchas posibilidades para estar informado y mejorar la cultura científica.

Debe destacarse en las actividades de divulgación el papel de las instituciones científicas a través de sus políticas de comunicación, de las instituciones centradas específicamente en la difusión y popularización de la ciencia y la tecnología, como los Museos. También hay que señalar el papel de los científicos en las tareas de divulgación y de un ámbito que contribuye a la generación de la cultura científica, como es la literatura de ciencia ficción.

El tercer componente que contribuye a la conformación de la cultura científica es muy heterogéneo. Tiene que ver con aspectos personales y con agentes sociales. Por un lado, la cultura científica está condicionada por las experiencias personales y de las sociedades, así como por la interacción de la información y las experiencias con los valores, prejuicios, expectativas e inquietudes. Las actitudes finales ante la ciencia y la tecnología están filtradas por múltiples elementos subjetivos e inducidos.

La contribución de diferentes agentes sociales en la conformación individual y social de la cultura científica es actualmente muy importante. Hay que destacar la capacidad de influencia de las religiones y las iglesias a través de sus doctrinas y fundamentalismos, en ocasiones difícilmente compatibles con los avances del conocimiento científico, cuando no contrarias al mismo.

Las organizaciones no gubernamentales juegan un papel importante en la información y en la generación de opinión en algunos ámbitos, como la protección del medio ambiente y otros temas locales y globales que cristalizan en la cultura científica personal y social. Otros agentes sociales, como las sociedades científicas y las asociaciones civiles, como las asociaciones de consumidores, constituyen grupos de presión y opinión que tienen un gran peso en la cultura científica, como señalan numerosas encuestas de valoración social de la credibilidad que despiertan este tipo de organizaciones.

Como se ha señalado, la cultura científica es el resultado de numerosos componentes. Las manifestaciones y expresiones de la cultura científica son también muy variados, pudiendo señalarse.

El desarrollo personal.
La conciencia social sobre la ciencia y la tecnología.
La evaluación social de la ciencia y la tecnología.
La cultura científica es un factor del desarrollo personal, que implica no solamente el dominio de conocimientos y el enriquecimiento intelectual, sino la conformación de actitudes y valores.

La cultura científica alimenta la conciencia social sobre la ciencia y la tecnología, valorizando su papel en el desarrollo económico y social y dando apoyo a las inversiones en I+D y a las iniciativas para el fortalecimiento de los sistemas científicos y técnicos. La existencia de una base social motivada y crítica amplía la percepción favorable a la investigación y la innovación, favoreciendo la modernización y el cambio.

En algunos países existen problemas en la percepción de la ciencia y la tecnología, tema que requiere analizarse con mayor profundidad desde las ciencias sociales. Estos problemas se pueden relacionar con una escasa cultura científica. El pensamiento científico no consigue, en general, penetrar en el pensamiento intuitivo de los ciudadanos, quienes están desconectados de sus códigos. La ciencia y la tecnología se perciben como una caja negra. En otras ocasiones, aún existiendo una percepción favorables sobre la importancia de la ciencia y la tecnología, su desarrollo no se relaciona con un esfuerzo nacional, existiendo el problema adicional motivado por la falta de confianza en las capacidades propias para generar ciencia y tecnología. Se admite que la ciencia y la tecnología es fundamentalmente una actividad de los países más desarrollados pero se pone en duda la idoneidad del gasto en I+D por parte de los países de menor desarrollo.

Una consecuencia muy importante de la cultura científica es el desarrollo de capacidades para el análisis crítico y la evaluación de la ciencia y la tecnología, así como el establecimiento de mecanismos para la participación ciudadana en la toma de decisiones sobre la política científica y las aplicaciones de la tecnología.

La aceptación, incorporación y rechazo de la tecnología pueden estar relacionadas con el nivel y los condicionantes de la cultura científica. La opinión pública no es ajena a la toma de posiciones sobre los riesgos de determinadas tecnologías, las implicaciones éticas, los costes ambientales y los problemas generados por el uso inapropiado de los recursos tecnológicos. Los actuales estudios sociales sobre la ciencia y la tecnología dan argumentos para fortalecer la cultura científica.

Igualmente, la participación pública se considera una expresión muy avanzada de la cultura científica, un instrumento para la democratización de la ciencia y para la profundización en las relaciones entre la ciencia, la tecnología y la gobernabilidad, tal como se ha señalado en el apartado anterior. En la actualidad se están experimentando diferentes procedimientos para la participación, incluyendo los referéndum, las audiencias públicas, las encuestas de opinión, las conferencias de consenso, los paneles de ciudadanos, los foros de debate, los comités asesores de ciudadanos, los grupos de discusión y las audiencias parlamentarias. Un grado mayor de institucionalización lo constituyen las oficinas de evaluación de tecnologías.

La complejidad de los componentes y de las expresiones de la cultura científica hacen difícil disponer de métodos sencillos para medirla y cuantificarla. Sin embargo, en los últimos años se han generalizado las encuestas sobre percepción pública de la ciencia, a través de las que se ha intentado medir el nivel de conocimientos científicos de los ciudadanos, conocer actitudes y opiniones sobre aspectos concretos y calibrar el grado de interés e importancia que se concede a temas relacionados con la ciencia y la tecnología. Estas encuestas han dado paso al diseño de indicadores que permiten el análisis de tendencias y las comparaciones. Junto a este tipo de encuestas, el conocimiento de la naturaleza de la cultura científica requiere todavía estudios sobre los factores implicados, tanto en la conformación de esta cultura, como en su caracterización y en las modalidades en que se expresa y manifiesta, así como las consecuencias para la sociedad de disponer culturas científicas débiles o fuertes.

Las universidades en el fomento de la cultura científica

El análisis de los componentes que participan en la conformación de la cultura científica señala los ámbitos en los que se puede incidir a través de políticas explícitas y facilitan la acción de las instituciones, como las universidades, tanto indicidualmente, como en colaboración con otras en el fomento de la cultura científica.

En el ámbito de la educación las actividades de fomento de la cultura científica están relacionadas con los enfoques y contenidos educativos, especialmente en la educación primaria y secundaria. Las universidades pueden jugar un papel importante en la elaboración de materiales didácticos, la sensibilización de los docentes y la incorporación en la formación de los profesores de materias y métodos enfocados a la conformación de una cultura científica en los futuros alumnos, se consideran importantes vías para su generalización.

Buena parte de los esfuerzos para el desarrollo de la cultura científica están actualmente centrados en el fomento de las actividades de difusión y divulgación, dentro de un concepto de cultura científica asociado a la alfabetización y la popularización del acceso e incorporación de los conocimientos generados por la ciencia y la tecnología en la sociedad.

El análisis de los procesos de difusión y divulgación permite desagregar los contenidos, los comunicadores, los medios y los destinatarios. Los contenidos están centrados en el conocimiento científico, tanto en sentido estricto como de toda la arquitectura política, institucional y social relacionada con la obtención, transferencia y aplicación de este conocimiento. Los contenidos requieren una adecuada elaboración para servir a los fines de la divulgación, conjugando el rigor en la información y la incitación a la curiosidad con la amenidad y la capacidad de comprensión por personas no especialistas. El fomento de la cultura científica requiere favorecer canales para la elaboración de contenidos y valorizar desde un punto de vista académico y profesional la producción de contenidos para la divulgación científica. El papel de las oficinas de comunicación de las universidades y la comunidad científica pueden jugar un papel importante en el suministro de contenidos.

Los comunicadores incluyen a los profesores universitarios, investigadores, profesionales de la comunicación científica, periodistas especializados, instituciones de investigación, organizaciones y empresas del ámbito de la información y la comunicación, así como agencias de noticias. El fomento de la cultura científica incluye el apoyo para la formación y especialización de investigadores y profesionales en divulgación científica y periodismo científico, entendiendo que los primeros tratan de divulgar temas relacionados con la ciencia y la tecnología independientemente de la actualidad del momento y los segundos tratan de traducir a la sociedad las novedades e implicaciones de nuevos descubrimientos y acontecimientos relacionados con la ciencia y la tecnología. Las universidades, a través de sus facultades de ciencias de la información tienen una especial responsabilidad en la formación en la especialidad del periodismo científico

La tipología de medios para fomentar la cultura científica en la sociedad es muy variada. La prensa escrita, las publicaciones especializadas, las producciones audiovisuales y multimedia, la radio, la televisión, con énfasis en la televisión educativa e Internet son vehículos para la información y comunicación científica. Las instituciones estables centradas en la divulgación científica, como los museos, planetarios, casas de las ciencias, parques naturales, centros de divulgación medioambiental, entre otros, promueven un contacto interactivo entre la población y el ámbito científico. Las ferias, jornadas de puestas abiertas, talleres, actividades conmemorativas de eventos científicos facilitan la participación ciudadana y el interés por la ciencia y la tecnología. La implicación directa y el asesoramiento de las universidades en estas actividades e instituciones es fundamental.

Los destinatarios de las actividades de divulgación científica son el conjunto de la sociedad, si bien los diferentes medios e instrumentos pueden estar focalizados en determinado grupos de edad, nivel cultural e interés por el conocimiento científico. Hay que tener en cuenta que el ámbito de la cultura científica compite, generalmente en desventaja, con otros muchos estímulos e informaciones sobre la realidad del momento, más relacionadas con los intereses más próximos de los ciudadanos y con las prioridades de la coyuntura. En este sentido, las ambigüedades en la articulación de la cultura científica con la cultura convencional, supone una dificultad adicional.

Los grupos de interés juegan un papel importante en condicionar las percepciones y opiniones sobre la ciencia y la tecnología y en último término en conformar la cultura científica en una sociedad. Organizaciones, asociaciones y diversos grupos pueden circular mensajes, organizar campañas y realizar proselitismo que pueden favorecer la incultura científica y la pseudo ciencia o por el contrario, crear condiciones favorables para la información, las opiniones fundamentadas y el análisis crítico. Las asociaciones científicas y los organismos de investigación pueden jugar un papel dinamizador en este segundo sentido.

El fomento de estudios y análisis sobre los condicionantes para la generalización de la cultura científica en una sociedad determinada, los límites de la comunicación científica, la percepción pública sobre la ciencia y la tecnología, los impactos de la cultura científica en la valorización social de la ciencia y sobre la participación ciudadana en el gobierno de la ciencia y la tecnología son importantes para diseñar políticas explícitas de fomento de la cultura científica. Los estudios en el ámbito de la cultura científica ofrecen, además, una buena oportunidad para el acercamiento entre las ciencias sociales y naturales.

La cooperación internacional no puede ser ajena al objetivo del fortalecimiento de la cultura científica como factor de desarrollo. El foco de las actuaciones de la cooperación internacional se puede situar tanto en los componentes que contribuyen al crecimiento de esta cultura como en los componentes que dan expresión social a la misma.

La agenda de la cooperación puede incluir la contribución al desarrollo de capacidades en el ámbito de la educación y la divulgación científica, a través de sus múltiples instrumentos y medios, así como en el fortalecimiento del tejido asociativo, organizativo e institucional implicado en la participación activa de la sociedad en la comprensión, valoración y evaluación de la ciencia y la tecnología. La agenda se puede complementar con el apoyo a estudios y análisis que permitan un mejor conocimiento de los condicionantes y nivel de la cultura científica. En el nivel multilateral la agenda de la cooperación puede incluir el fomento de redes para el intercambio de experiencias, materiales y elaboración de propuestas conjuntas.

Desde un punto de vista operativo se puede plantear una doble actuación, desde el fomento de la cooperación cultural y de la cooperación científica. Las estrategias de la cooperación cultural deben incluir en su programación el ámbito de la ciencia y la tecnología desde la perspectiva de la cultura científica, creando espacios y actividades orientados a esta faceta de la cultura. Los Centros culturales en el exterior juegan un importante papel en el fomento de la cultura científica en los países. Paralelamente la cooperación científica internacional debe contemplar entre sus objetivos e instrumentos el fortalecimiento de la cultura científica. En una y otra, la cooperación universitaria puede jugar un papel protagonista.


Notas
Jesús Sebastián(*)

Jesús Sebastián nació en Zaragoza (España) en 1941. Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid (1969). Ha sido investigador científico en las Universidades de Wisconsin (1970-71) y Brandeis (1971-73) y en el Instituto de Enzimología y Patología Molecular del que fue vicedirector (1974-83). Vicepresidente de política científica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España (1983-89). Subdirector General del Instituto de Cooperación Iberoamericana de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) (1989-92). Secretario General del Programa Iberoamericano de Ciencia y tecnología para el Desarrollo (CYTED) (1989-96). Desde 1997 es Investigador Científico en el Centro de Información y Documentación Científica (CINDOC). Es profesor en postgrados de universidades españolas y latinoamericanas y consultor de organismos internacionales, instituciones y gobiernos de países de América Latina. Su área de interés se centra en el diseño, gestión y evaluación de políticas científicas y de cooperación internacional, así como en los procesos de internacionalización de la investigación y las universidades. Su última obra ha sido el libro “Cooperación e Internacionalización de las Universidades”, editado por la Editorial Biblos en Buenos Aires en 2004.

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El nuevo Observatorio de Igualdad de Género en la Cultura presenta su Plan de Trabajo para 2019

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  • El objetivo del Observatorio es impulsar la presencia de las mujeres en todas las manifestaciones culturales y en puestos de responsabilidad
  • Entre sus prioridades, el plan propone enriquecer las estadísticas culturales y el desglose por sexo para mejorar la visibilidad femenina en el sector
  • El Plan de Trabajo cuenta en 2019 con un presupuesto aproximado de 45.000 € para su desarrollo, si bien se destinarán también recursos propios del Ministerio de Cultura para llevarlo a cabo

Fuente: Ministerio de Cultura y Deporte de España

se ha presentado el Observatorio de Igualdad de Género en el ámbito de la Cultura, creado por el Ministerio de Cultura y Deporte junto con las asociaciones más representativas de las Mujeres en la Cultura, en febrero de este año, para continuar la tarea de la anterior Comisión de Igualdad de Género de la Secretaría de Estado de Cultura. En este encuentro, en el que han participado el ministro de Cultura y Deporte, José Guirao, y representantes de estas asociaciones que integran el Observatorio: la Asociación de Mujeres en las Artes Visuales –MAV-; la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales -CIMA-; la Asociación Clásicas y Modernas y la Asociación de Mujeres en la Música, se ha presentado el Plan de Trabajo para 2019 que está enfocado en el desarrollo de diversos informes y manuales de buenas prácticas para abordar la cuestión de género en el sector cultural, así como un mapeado que incluya a las personas expertas en género y cultura a nivel nacional.

El objeto del Observatorio es el impulso de la presencia de las mujeres y de la igualdad de oportunidades en todas las manifestaciones culturales y en puestos de responsabilidad competencia del Ministerio de Cultura y Deporte. Para cumplir este objetivo, el Observatorio analizará la información en materia de género para detectar situaciones de desigualdad y establecer medidas correctoras, propiciará la producción artística y la representación femenina en las distintas manifestaciones culturales, impulsará la elaboración de censos de expertas en igualdad de género y cultura, y promocionará el trabajo de las mujeres y su participación equilibrada en jurados y órganos de valoración.

Informes, mapas de expertas y manuales de buenas prácticas

El Plan de Trabajo que ha presentado el Observatorio propone desarrollar diversos estudios e informes, así como mapas de la situación y manuales de buenas prácticas para abordar todos los sectores de la cultura.

En este sentido, a propuesta de todas las asociaciones que forman parte del Observatorio en la actualidad, se elaborará un primer estudio sobre la Aplicación de la Ley de Igualdad en el ámbito de la cultura, que permitirá valorar su cumplimiento en los espacios públicos y, en su caso, proponer medidas de mejora. Este informe se abordará desde la Dirección General de Industrias Culturales y la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura.

Por otro lado, las distintas direcciones generales del Ministerio de Cultura y Deporte elaborarán estudios detallados en sus diferentes ámbitos de actuación como son el estudio dedicado al papel de las mujeres en el ámbito del Patrimonio Cultural Inmaterial (II Fase) que desarrollará la Dirección General de Bellas Artes; el Mapa de autoras en bibliotecas públicas y el Corpus de buenas prácticas en acciones con perspectiva de género en bibliotecas públicas, de la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, en colaboración con las comunidades autónomas.

El Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales (ICAA) firmará por su parte un Informe sobre necesidades preliminares de información para abordar un estudio de impacto de género en el sector audiovisual, el Estudio sobre igualdad de género en la cinematografía y las artes audiovisuales y un Manual de buenas prácticas en igualdad de género en el ámbito audiovisual, que desarrollarán en colaboración con las comunidades autónomas, en el marco de la Comisión interterritorial de cinematografía y artes audiovisuales creada dentro de la Conferencia Sectorial de Cultura.

Del mismo modo, el Plan incluye un Estudio sobre la igualdad de género en la industria de la música (encargado por la asociación Mujeres de la Industria de la Música, en aplicación de una subvención otorgada a tal efecto por el INAEM).

Enriquecer las estadísticas culturales y mejorar la visibilidad de la mujer

Entre las prioridades del Plan de Trabajo 2019 está la mejora de la información, básicamente estadística, y de los informes y planes elaborados desde el Ministerio Cultura y Deporte, con una perspectiva de género. Así, se publicará un boletín bimensual con explotaciones de datos estadísticos sobre los distintos sectores de la cultura. Esta reformulación y enriquecimiento de las estadísticas culturales y la incorporación de desgloses por sexo permitirá tener un retrato más fiel de la realidad del sector, permitiendo una actuación más efectiva en cada caso.

El Plan de Trabajo cuenta en 2019 con un presupuesto aproximado de 45.000€ para su desarrollo, si bien se destinarán también recursos propios del Ministerio de Cultura para llevarlo a cabo.

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Pós-verdade e pós-falsidade por Carlos Vogt

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ComCiência LABJOR. Pós-verdade é mais um conceito-coringa, próprio da contemporaneidade, como pós-modernidade, e outros pós que virão. Diz tudo e diz nada, porque é feito da confusão entre o que se transforma, por conhecer, e a transformação do conhecimento na banalidade de receitas de autoajuda epistemológica. Mas é, ele próprio, derivado, entre outras coisas, da mudança de paradigma científico que se deu ao longo do século XX, com ênfase na substituição de um modelo ontológico de verdade por um modelo probabilístico.

O processo do conhecimento é dinâmico. As diferentes ciências ou formas de conhecimento vão desenvolvendo novas metodologias, vão incorporando instrumentos, artefatos, equipamentos e tecnologias que permitem grandes avanços e abrem novas possibilidades de desenvolvimento. Todos eles vão modificando esse enorme campo, ao qual não pertencem propriamente. Uma parte pertence àquilo que é próprio do campo estruturado da ciência – ou do conhecimento organizado –, outra é residual em relação a esse campo em cada momento histórico.

É a ideia da epistemologia de [Charles Sanders] Peirce, na qual se tem o signo, o interpretante e o conjunto de interpretantes e estes vão ampliando o campo das condições de modificação do próprio conhecimento contido no objeto estruturado da ciência ou de um conhecimento organizado. É um pouco a ideia da epistemologia do começo do século XX, sobretudo depois da filosofia da linguagem e da linguística: a ideia de que é possível transferir para as ciências humanas os princípios de organização do objeto do conhecimento, do objeto da ciência. De que se pode criar esse objeto, dar a ele status epistemológico e, por meio do objeto, simular o fenômeno. Quanto maior a capacidade de simulação do objeto, mais compreensiva, explicativa e preditiva é a ciência, e assim por diante. Então essa dinâmica supõe de fato uma dinâmica de transformação.

O modelo positivista sobre o qual se assentou o conhecimento desenvolvido no século XIX tem origem no século XVIII, no racionalismo iluminista. Esse modelo positivista considera a verdade de forma absoluta, a ponto de permitir que daí derive uma ideologia da crença na verdade científica, uma crença praticamente religiosa. A igreja positivista acabou levando a isso. Isto é, com o desenvolvimento da matemática, da lógica modal, ela foi sendo posta em xeque, até a formulação dos modelos científicos decorrentes em parte das grandes transformações provocadas pela própria ciência: o relativismo de Einstein, a física quântica, enfim, tudo o que se pensava já ser conhecido, já estar definido, determinado. O mundo aristotélico em vigência, as leis da mecânica, Newton, tudo o que se dava por resolvido não o estava mais. Havia Max Planck, havia a teoria quântica, havia as partículas, a física, e isso mudava tudo. Do ponto de vista do conhecimento, essas mudanças acompanham as grandes transformações culturais e artísticas do começo do século XX e alteram os paradigmas da ciência, ou seja, da verdade considerada de forma absoluta, como um fim alcançável. Cai a ideia de que a verdade está no mundo e de que é preciso, então, descobri-la no mundo.

Seria necessário substituir essa noção por uma visão inteiramente estatística, probabilística. Você apenas se aproxima da verdade, mas não a alcança a não ser por eliminação das hipóteses que vão se demonstrando falsas e, assim, possibilitando um conhecimento maior das estruturas intelectuais que permitem conhecer o mundo. Em momento algum se está falando do mundo; está-se falando do conhecimento do mundo e das condições de produção desse conhecimento, das estruturas intelectuais, das estruturas mentais. Como se apreende, como se descobre isso? Quanto mais você fala do mundo, mais está falando de você. Isso muda tudo, na ciência e em tudo mais. A psicanálise, no final do século XIX, começo do XX, surge com uma força – que eu diria arrasadora – em relação aos modelos de tratamento da mente, a tudo o que se conhecia na época, mesmo em relação ao que o próprio Freud tinha ido estudar com Charcot. Tudo isso, na dinâmica do conhecimento, integra campos que fundamentam o nascimento da psicanálise.

Psicanálise e literatura são inseparáveis, pois ambas nascem exatamente do exercício da imaginação. Isso é bonito e instigante, sobretudo para um homem que, a partir da fabulação do mundo, se esforça por construir um modelo de interpretação. É algo extremamente poético, de uma enorme força explicativa, e que tem como princípio ou célula de organização a metáfora e as figuras de linguagem de modo geral – de fato, principalmente a metáfora. Assim, é uma visão analógica do mundo. E, sendo analógica, se contrapõe, epistemologicamente, às construções de interpretações do mundo e de nós mesmos ditas digitais, todas elas baseadas na lógica binária.

A ciência tem um compromisso não só com a demonstração, mas também com a experimentação. Quando se diz que a física é uma ciência experimental, isso tem muita força; significa que se pode demonstrar a verdade de um fenômeno, de uma análise, e também que isso pode ser simulado em laboratório. Pela simulação, pela experimentação, você consegue avaliar as consequências de um projeto. A dinâmica desse processo mexe com os campos do conhecimento, porque você amplia o objeto, ou amplia o que pode caber no objeto estruturado do conhecimento e da ciência. Quanto mais você amplia o objeto, mais aumenta o residual. Não que o residual se esgote, pois o fenômeno é inesgotável, quer dizer: nossa tarefa está fadada a não se completar. Não se trata de fracasso, mas estamos fadados a não conseguir completá-la, porque, quanto mais incorporamos, maior é o residual que produzimos, e é o residual que constitui a nossa atração e o nosso fascínio por aquilo que conhecemos.

Há um processo de transformação que se acelera até por causa das tecnologias que foram sendo incorporadas às pesquisas, às formas de produção do conhecimento. Por exemplo, a ressonância magnética – o avanço que ela trouxe à neurociência! O que a genômica e a proteômica avançaram com a bioinformática! É extraordinário. São instrumentos que surgem e modificam a capacidade de domínio do conhecimento nessas áreas.

Há também a dinâmica desse processo. Daí os modelos explicativos sofrerem eles próprios uma constante transformação. Essa dinâmica tem a ver com aquela história de que não se prova a verdade. O máximo que se consegue é provar a falsidade de uma proposta, de uma hipótese. O trabalho se dá sempre por aproximação da verdade, o que relativiza tudo. Mas não é que a ciência tenha abdicado do propósito de dominar o conhecimento. Ela talvez tenha renunciado à ideia de que o conhecimento seja ele próprio uma representação objetiva de leis que estão no mundo. E se essas leis dizem respeito a estruturas intelectuais com as quais nós entendemos e compreendemos, então a psicanálise adquire um papel mais importante ainda nesse processo.

Pós-verdade é mais um conceito-coringa, próprio da contemporaneidade, como pós-modernidade, e outros pós que virão. Diz tudo e diz nada, porque é feito da confusão entre o que se transforma, por conhecer, e a transformação do conhecimento na banalidade de receitas de autoajuda epistemológica. Mas é, ele próprio, derivado, entre outras coisas, da mudança de paradigma científico que se deu ao longo do século XX, com ênfase na substituição de um modelo ontológico de verdade por um modelo probabilístico.

Talvez uma forma de relativizar o exagerado relativismo do conceito de pós-verdade seja, por liberdade no jogo de expressão, contrapô-lo ao seu par simétrico – pós-falsidade – e, desse modo, estabelecer e explorar algum parâmetro intelectual que permita tentar tratá-los como categorias do pensamento com algum poder explicativo.

*Reaproveito, neste texto, algumas passagens da entrevista que concedi à Revista Brasileira de Psicanálise, vol.42, n.1, São Paulo, março de 2008, p. 15-27.

A ComCiência é uma publicação eletrônica que trata de assuntos ligados a todas as áreas das ciências e é produzida pelo Labjor-Unicamp em parceria com a SBPC e com o apoio da Fapesp.

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