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Consideraciones para la cooperación euroamericana en investigación cultural desde una perspectiva latinoamericana por Rubens Bayardo

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La cooperación euroamericana en investigación cultural, vista en perspectiva latinoamericana, debe considerar el contraste existente entre la Europa próspera y América Latina, el continente más desigual del mundo. A ello debe agregarse un contexto político autoritario y frecuentemente antidemocrático, poco interesado en promover la circulación de la información y el desarrollo de la investigación autónoma.

En tal sentido, una cooperación verdaderamente horizontal debería considerar la situación latinoamericana con sus especificidades en distintos países y la corrección de este desbalance de inicio que pasa en parte, por una mirada más atenta de sus realidades.

Por otro lado, no puede dejar de considerarse que las reformas estructurales impulsadas en América Latina por el Banco Mundial (bm) en materia de educación superior e investigación sumados a los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio (omc) sobre la propiedad intelectual, pautan una situación donde la brecha entre Europa y América Latina tiende a incrementarse.

En el contexto de la mundialización, América Latina se halla entre dos grandes bloques regionales que procuran establecer acuerdos privilegiados con el subcontinente. En primer lugar, el Tratado de Libre Comercio de Norte América (nafta), encabezado por Estados Unidos, ha impulsado la firma en 2005 del Área de Libre Comercio de las Américas (alca).Estas acciones terminarían por conformarnos como el patio trasero de la gran potencia, que practica un unilateralismo prepotente en las relaciones internacionales y persigue exclusivamente su propio beneficio.

En segunda instancia, la Unión Europea (ue) busca fortalecer los lazos ya existentes con Latinoamérica, autoproponiéndose como un puente con el resto del mundo. A la cercanía sociocultural basada en los contingentes migratorios acogidos en los países de la región en los siglos pasados, ha agregado en los últimos años una fuerte participación en la adquisición de las ex empresas nacionales, privatizadas por gracia de la desregulación. Esas empresas no cesan de presionar a los países latinoamericanos para perpetuar acuerdos leoninos (cfr. las tarifas de servicios básicos ajustadas a valor dólar) e incrementar las cuantiosas ganancias que obtuvieron durante los noventa. Al mismo tiempo, por desgracia, algunos gobiernos europeos se les suman para apoyar reclamos tan legales como ilegítimos.

En términos generales y más allá de los sectores de que se trate, tales circunstancias no resultan favorables para la cooperación internacional, sino que dibujan fundados temores sobre ella. ¿Acaso alguno de los pretendientes de América Latina, sea Estados Unidos o Europa, plantea realmente algo distinto de esto? ¿Será la cooperación internacional un eslabón más de este engranaje o podrá salirse del círculo del neocolonialismo?

La pregunta no es retórica por cuanto poblaciones indígenas y tradicionales denuncian de manera continua la expropiación de sus saberes ancestrales en nombre de un conocimiento universal, que termina por ser apropiado y patentado por unas algunas de las más grandes corporaciones transnacionales. Privatizado y puesto fuera del dominio público, este conocimiento se vuelve un servicio o un bien por el que hay que pagar si se quiere acceder al mismo y/o a sus aplicaciones. La investigación se ve así perjudicada „Ÿy en ocasiones jaqueada„Ÿ por esta circunstancia, que ha llevado al reclamo de las poblaciones afectadas y al rechazo implícito o explícito de investigaciones e investigadores que podrían implementar una modalidad remozada del antiguo saqueo de materias primas.

Lo anterior plantea la cuestión del acceso a los beneficios del progreso científico técnico, que consagra la Declaración Universal de los Derechos Humanos. América Latina no solo ofrece el campo y la fuente de muestras y de datos para el desarrollo de la investigación, sino que también es un espacio de indagación y creación. Pero esta condición, este «beneficio», necesita ser reconocida para posibilitar una cooperación de doble vía. Un caso puede ser ilustrativo. Ya en la década de los 60 cientistas sociales latinoamericanos como Theotonio dos Santos, Rodolfo Stavenhagen, José Nun y Silvia Segal, entre otros, tematizaron y discutieron lo que luego se llamó la «teoría de la dependencia». En los 90, treinta años después, la antropología postmoderna norteamericana descubrió como nuevas a la dependencia, la situación colonial y la post colonial, que en algunos casos reingresan a la enseñanza universitaria como si se tratara de verdaderas novedades.

Ello se vuelve grave cuando es sabido que en los archivos, bibliotecas y bases de datos del mundo avanzado, se acumulan obras e información que ya casi no disponemos en nuestro propio continente. Esta situación contribuye tanto a cimentar nuestro llamado «subdesarrollo» y el «desarrollo» ajeno, como a la perpetuación de estereotipos prejuiciosos. En tal sentido se hace necesaria una mayor presencia y visibilidad de América Latina en el mundo y en este caso en Europa, donde la mirada exótica aún dificulta la aprehensión de «otras» realidades. Pero esta presencia latinoamericana en el mundo, no puede darse solo mediada por el puente de la UE, también debe existir por sí misma por la vía del reconocimiento dignificante.

Actualmente, la cooperación cultural está basada en intercambios artísticos (cfr. formación, pasantías, exposiciones, giras) „Ÿnecesarios pero limitados„Ÿ y en el patrimonio (cfr. restauración, puesta en valor, formación de especialistas). La investigación, por su parte, brilla y reditúa menos que lo anterior, pero es una inversión sociocultural a largo plazo y necesaria para lograr un desarrollo propio y durable.

A la vez, la cooperación internacional siempre se ha realizado entre estados. Sin embargo, en el presente es necesario incluir regiones, gobiernos locales, actores de pequeña magnitud y entidades asociativas. La confusión entre el gobierno y el Estado que existe en muchos países latinoamericanos, hace que ante la falta de políticas estatales, las autoridades fijen prioridades según sus intereses temporales e inmediatos, sin lineamientos estratégicos. Estos últimos suelen acotarse a proposiciones de individuos, grupos y pequeñas redes con menor capacidad de incidencia, dificultades de acceso a la red de financiamientos y a los apoyos institucionales.

En esta línea se impone un debate profundo sobre estas circunstancias para que la cooperación internacional funcione como tal, sin descarrilarse hacia la expoliación o hacia la asistencia. Dentro de este contexto entiendo que en lo que respecta a la investigación cultural hay algunas líneas de trabajo que resultan prioritarias:

La diversidad cultural, con los problemas que plantean las perspectivas interculturalistas en contraste con las multiculturalistas; la distinción entre la diversidad cultural existente y la diversidad sin conflictos que nos propone el mercado; las relaciones entre diversidad y desigualdad. También la distinción entre la cultura como posibilidad cierta y la cultura como horizonte utópico neoliberal, balsámico y salvacionista; la diversidad como reconocimiento y la diversidad como excusa.

Los derechos culturales, si se estima que en los debates actuales se cuestiona al derecho positivo (derecho que ha privilegiado a al individuo y ha considerado muy poco los derechos de las comunidades y de los agrupamientos colectivos). De la misma manera se cuestiona su pretendida universalidad, cuando la aparente necesidad de la misma -promovida por la globalización„Ÿ ha servido como universalización de los particularismos hegemónicos.

Las políticas culturales que, amén de llamar la atención sobre qué entendemos por cultura y por política; nos remiten a la problemática de la distinción entre las políticas de Estado y las políticas de gobierno, las relaciones entre la cultura y otras esferas de intervención (como la educación, la comunicación, la salud, etc.), las relaciones entre lo público, lo privado y el sector asociativo.

La economía cultural que incluye no solo problemas de financiamiento de las artes y el patrimonio, la producción y los consumos culturales; sino también las industrias culturales, las minorías, las ciudades, los modos de vida actualmente estetizados „Ÿpromovidos y vendidos„Ÿ y el desarrollo de sistemas de información, estadísticas e indicadores culturales cuantitativos y cualitativos. Un párrafo especial merecen los temas del comercio de bienes y servicios culturales, por un lado, las balanzas comerciales nacionales y, por otro, por los derechos de propiedad intelectual que se han convertido en el principal servicio comercializado y el primer escollo para el desarrollo autónomo de las naciones y comunidades.

La gestión cultural como gestión de artes y patrimonio, pero también como gestión de las industrias culturales, de la diversidad cultural y lingüística, lo que involucra, además de los problemas de las experiencias y las buenas prácticas, los problemas de formación de gestores culturales capacitados para desenvolverse en las actuales circunstancias de mundialización, que no pueden comprenderse sin perspectivas locales y globales a la vez.

Considero que esta lista, obviamente muy ligada a intereses y puntos de vista particulares, no agota ni lo pretende, las prioridades de investigación, pero si señala algunas áreas fundamentales de cuyo debate pueden surgir en este «campus euroamericano» acuerdos sobre problemáticas comunes a partir de lo cual constituir modalidades de cooperación en investigación cultural. Estas pueden pasar por compartir recursos, intercambiar información y experiencias, diseñar proyectos conjuntos de investigación, conformar una o varias redes de investigación, y/o formular recomendaciones a los organismos internacionales. Los formatos están abiertos a nuestras necesidades, a nuestra imaginación y a nuestras propuestas. Seguramente requerirán tiempos mayores para ser elaborados y definidos, pero aquí tenemos la ocasión propicia para iniciar y continuar esos pasos.


Rubens Bayardo(*)


Antropólogo uruguayo. Doctor en Filosofía y Letras. Director del Programa Antropología de la Cultura, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires (UBA). Director adjunto del Observatorio Cultural, Facultad de Ciencias Económicas (UBA). Director del Diploma de Estudios Avanzados en Gestión Cultural, Instituto de Altos Estudios Sociales, Universidad Nacional de General San Martín, Buenos Aires, Argentina.

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