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Cultura científica y políticas de la ciencia por Miguel Ángel Quintanilla

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Cuando Miguel Ángel Quintanilla ocupó la Secretaría de Estado de Ciencia y Universidades de España una de sus líneas de trabajo era fomentar la cultura científica.

En ese contexto puso en marcha con la Agencia SINC y las Unidades de Cultura Científica en la Universidades españolas. Más de 12 después tanto la agencia como las Unidades siguen estando presentes y casi se puede indicar que son políticas de Estado.

Hace unas semanas publicó una reflexión que les compartimos:

¿Qué significa ser científicamente culto? La mayoría responderíamos que una persona es científicamente más culta en la medida en que su cultura, es decir sus conocimientos, reglas de comportamiento, actitudes y valores, se parecen mucho, o incluso forman parte de la cultura que tiene que tener un científico profesional para ser reconocido como tal. En apariencia, la cuestión no puede ser más sencilla. Hay dos tipos de personas, cultas e incultas. Y entre las cultas hay a su vez dos tipos, las que comparten y las que no comparten una parte importante de la cultura profesional de los científicos (incluyendo entre estos a los profesores y profesoras de ciencias y a los profesionales que desempeñan trabajos basados en el conocimiento científico, como ocurre en medicina, ingeniería, arquitectura, etc.)

 La cuestión es ¿por qué pueden tener algún interés para el público en general estas sutiles distinciones entre tipos de cultura y relaciones entre culturas profesionales y cultura ciudadana?

Hace ya muchos años (en 1972) la National Science Foundation empezó a analizar en Estados Unidos la extensión de la cultura científica entre los ciudadanos, partiendo del supuesto previo de que el nivel de apoyo de los ciudadanos a las políticas encaminadas a hacer avanzar la ciencia y la tecnología en el país dependía del nivel de cultura científica de los mismos ciudadanos.

A lo largo de los años este interés por conocer el estado de la cultura científica de los ciudadanos se ha mantenido y se ha extendido por todo el mundo. En Europa, a través de los euro barómetros. En España, a través sobre todo de las encuestas de la Fundación Española de la Ciencia y la Tecnología (FECYT) que se realizan cada dos años.

Como resultado de toda esta actividad han ido apareciendo algunos datos llamativos. Lo primero que debemos resaltar es que el concepto mismo de cultura científica ha resultado más problemático y confuso de lo que se suponía. Cuando empezaron estos estudios se suponía que “cultura científica” era sinónimo de “alfabetización científica”: un ciudadano era más culto científicamente en la medida en que compartía más conocimientos de los científicos profesionales. (Seguramente porque se asumía que el nivel de conocimientos científicos iba inseparablemente unido al nivel de actitud positiva hacia la ciencia)

En la práctica sin embargo se observa que la cultura científica tiene al menos dos componentes independientes: la alfabetización científica, es decir el nivel de conocimientos que comparte la gente con los profesionales científicos, y la actitud valorativa, positiva o negativa, , de confianza o desconfianza, que adoptan los ciudadanos en relación con los conocimiento y las actividades científicas. Y lo que se confirma sistemáticamente desde hace años es que, de forma bastante generalizada, los niveles de apoyo a las decisiones políticas que afectan a la ciencia (financiación de la investigación básica, por ejemplo) dependen más de ese componente de actitud positiva hacia la ciencia, que del nivel de alfabetización científica estrictamente dicho.

Las nuevas políticas de la ciencia van a requerir una mayor implicación de los ciudadanos. Eso supone que tendrá que mejorar el nivel de la cultura científica de estos. Pero si los datos que tenemos se siguen confirmando, habrá que adoptar medidas políticas específicas, orientadas no solo a la difusión de los conocimientos científicos en la población, sino al crecimiento de la confianza en la ciencia, a la promoción de actitudes positivas hacia la ciencia, es decir al crecimiento de la cultura científica en sentido amplio.

Esta es al menos la línea en la que trabajamos un grupo de filósofos, sociólogos, documentalistas, economistas, comunicadores, politólogos e historiadores, en el Instituto ECYT de la Universidad de Salamanca. (Carlos García Figuerola, Santiago López, Irene López, Tamar Groves, Ana Victoria Pérez, Modesto Escobar, Libia Santo, Esther Palacios, Pilar Lóperz… Gracias a todos y mucho ánimo).

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